Testimonio sacerdotal

Dedico este pequeño escrito al Padre Buela
A la gloriosa Villa de Luján (nuestra amada Finca de San Rafael)
y a todos aquellos que ayudaron a forjar en mi alma el espíritu religioso misionero.

Puedo decir que toda mi vida quise ser misionero ya que desde el día en que descubrí qué significaba la Vida Eterna, me dije: “Voy a enseñarle a la gente para qué estamos en este mundo. No somos una máquina que si se rompe se tira y listo, sino que tenemos un alma y esa alma hay que salvarla.” Tendría unos 12 años.

Ya había tomado la Primera Comunión y había recibido la Confirmación… me había confesado varias veces… pero poco y nada entendía de todo ello.

En ese tiempo iba a la Parroquia del Barrio, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Villa Luro en la Ciudad de Buenos Aires. Luego de haber recibido los sacramentos de la iniciación cristiana y no obstante la insistencia de mi mamá que nos fue acercando a todos a la Misa dominical, volví a ir y me quedé ‘pegado’ a la Iglesia gracias a los Scouts.

Desde que entré a dicho grupo -entré el mismo día de su fundación allá por 1980 si mal no recuerdo el año- empecé a participar al mismo tiempo de un montón de actividades parroquiales. La principal, la Misa diaria y, otras de las preferidas, el grupo de los misioneros. Fue un grupo que fundó el Padre Carlos Nadal, entonces párroco allí y sacerdote de gran celo a quien recuerda aún hoy mucha gente.

El grupo de misioneros llegó a tener unos 100 miembros laicos. Yo era el de menor edad. Íbamos por las casas del barrio, unas 100 manzanas, en donde vivían unas 30.000 personas. Todos los sábados hacíamos visitas y una vez al año se reforzaba el accionar con una misión popular. Todos los años, para esa ocasión, venía un predicador distinto. De los que recuerdo con más afecto: el Padre Lojoya (un gran sacerdote que varios años después me presentaría a la Congregación para poder entrar en el seminario) y el Padre Buela (a quien ya había conocido en su hermosa parroquia de Villa Progreso junto a un grupo de amigos que éramos monaguillos).

Descubrí mi vocación cristiana, sacerdotal y misionera, al mismo tiempo se podría decir. La ocasión fue la lectura de un pequeño libro que pertenecía a mi papá, “La Juventud Instruida” de Don Bosco.

¡Mamma mía! ¡La cantidad de cosas que descubrí en ese librito! ¡Que había Vida Eterna; que había algo que se llamaba pecado; que existía el perdón de los mismos! ¡Que había Cielo pero que también había Infierno! Como ya dije yo tendría unos 12 años, y esa bendita lectura me cambió la vida. Además leí allí, según recuerdo, que quien salva un alma salva la suya. ¡Listo! Me dije: “¡Aquí está también el modo de salvarme! ¡Enseñando a las otras personas para qué están en este mundo salvaré mi alma!” – ¡Negocio redondo! ¿No?!

Le dije a mis Padres que quería entrar en el Seminario Menor. Ellos se enojaron con el párroco, el cual ni enterado estaba del asunto. Era cosa entre Dios y yo.
No me dejaron entrar y, de puro gil nomás, a pesar de seguir cursando, dejé de estudiar. Hasta ese momento fui un muy buen alumno, pero desde ahí, justo desde el ingreso a la Secundaria, todo perdió sentido en el mundo.
Nunca tuve una amonestación, porque trataba de ser respetuoso, pero era un desastre. Me llevé materias todos los años de la Escuela.
Mi Padre sabía cómo castigarme para que estudie – ¡Al menos para los exámenes!- “¡No vas a la Parroquia!” -a excepción de la Misa-. Era el castigo peor. Me perdí actividades, campamentos, viajes, etc.

El tiempo fue pasando y yo formaba parte de cuánto grupo parroquial había: apostolado entre los enfermos; Scouts; Acción Católica; coros –más de uno, ¡creo que participé en tres al mismo tiempo!-; Grupo de Teatro con el genial Domingo Grecco (papá del ahora sacerdote Alejandro Grecco del IVE); Escuela de Monaguillos (recuerdo con gran afecto a Pablo Domínguez, amigo mío de la infancia. Fue quien me enseñó a ayudar Misa. ¡Llegamos a ser decenas de niños en dicha escuela!); Grupos de Estudio y hasta llegué a ir, no obstante que era menor, a Cursos de Formación en la Universidad Católica y a otros cursos; etc.

Seguía además mi vida normal con mi familia; mi gran grupo de amigos; jugando algunos deportes –los cuales por más que me gustaban y los jugaba con mucha dedicación y ganas nunca fueron mi fuerte-; trabajos –los cuales comencé de chico como juego y seguí de grande-; etc.

Así y todo, en medio de todas esas actividades sabía que yo tenía que ser sacerdote misionero.

Pasaron los años y no obstante que asistía a Misa diaria costase lo que costase, hacía tiempo que no comulgaba. Una vergüenza atroz me alejaba de la Confesión. Agradezco, dicho sea de paso, la cantidad de gente buena que rezó por mí, que me aconsejaban, y hasta me incentivaban para que me confiese. Yo sabía perfectamente que hacerla y hacerla bien era una Gracia. Y por eso se la pedí a Dios y hasta hice un pacto con Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Al punto tal que yo me había ya decidido: “el día que haga una buena confesión, entro al Seminario”.

Pasó el tiempo. Terminé la Secundaria. Empecé Arquitectura, cursé el Ciclo Básico en la Universidad de Buenos Aires. Seguía con Misa diaria y todas las otras actividades. Dormía poquísimo y andaba de un lado pa’ otro como maleta de loco…

Un día, cerca de Navidad de 1987, llegó el Día de la Visita del Señor. Me levanté y me dije: “¡Me voy a confesar!”. Fui, me confesé, hablé con el sacerdote –un sacerdote español muy bueno que se llamaba Agustín-, después de la confesión le dije qué era lo que yo pensaba que tendría que ser mi vida pero… que con todos esos pecados no me sentía digno, quizá no podría…

Me respondió a toda la cuestión con mucho sentido común, me incentivó a que haga lo que veía y me dijo que “¡Por supuesto que puedes ser sacerdote!!!” Salí de esa Iglesia, la parroquia San Rafael de Villa Devoto, corriendo y saltando de alegría. Llegué a mi casa, me fui enseguida a contactar a los sacerdotes porque YA tenía que entrar.

Bueno. Otro día puedo contar más detalles.
La cuestión es que el sábado 30 de enero estaba con el resto de los seminaristas en el colectivo de la Congre que iba de Buenos Aires a San Rafael. Llegué a La Finca el 31 de enero de 1988.
¡Fue uno de los días más hermosos de mi vida! Por fin después de unos 6 años de espera ya podía comenzar mi vida de religioso y, concretar más aún, mi vida de misionero.

Los años en el Seminario merecen todo un libro. Baste decir que es lo mejor que me pasó en mi vida. Un lugar del todo especial, con una riqueza espiritual envidiable en medio de una pobreza material atroz. Para mí todo estaba –y sigue estando- bien. Así había que vivir, y así hay que vivir.

¡No había entrado en el Seminario para pasarla bien, ni para tener mi dinero, ni mis comidas ni mis comodidades ni mi voluntad! Si fuese por eso me hubiese quedado con mis buenos trabajos y mejor dinero, coche, novia, amigos, fiestas y apostolado como laico…

¡Entré para salvar el alma a la vez que salvaba la de otros!

El Paraíso existe en la Eternidad y, por tanto, todo paraíso temporal tiene sus limitaciones. Pero esas limitaciones están en todas las cosas creadas. Como tantos de nosotros también hago mía la frase conocidísima de Marcelo Morsella: “La vida aquí es un anticipo del Cielo, nunca estuve tan feliz”. Y es verdad. Ni el mal que seguía experimentando en mí –no por el hecho de haber cruzado el umbral del Seminario quedaron atrás las malas costumbres, defectos, tentaciones y, desgraciadamente también, pecados. Se entra para ser santo, pero todo eso que nombré queriendo o no, nos acompaña hasta el día que el Señor nos libere y que nuestra voluntad quiera hacer lo que deba hacer, en el momento y en el modo que deba hacerlo…

Pues bien, tanto amé la Finca con todo lo que ella conlleva, que alejarme de ella fue para mí uno de los sacrificios más grandes que Dios me pidió.

Llegué a la Misión ad Gentes hace 20 años, el 11 de octubre de 1995. Llegué al lugar que siempre había deseado estar, al lugar de misión, allí en donde tenía que testimoniar con la palabra y las obras que Cristo es el Señor; que en Él está la Vida Eterna; etc.

¡Llegué a destino! Pero en el mismo momento me sentí morir. Hubiese querido volver, pero sabía que eso no podía quererlo el Señor. Lo que más me costó al inicio fue precisamente la lejanía de La Finca. Fue el primer sacrificio por la misión. La lejanía de la familia y de los amigos ya lo había sobrellevado en los primeros años de Seminario.

Pues bien, como decía, hace veinte años que llegué a Medio Oriente y les digo sinceramente que a pesar de todos los pesares no cambiaría un solo día de misión por todos los bienes de la tierra.

Estuve dos años en Egipto, en donde estudié Árabe Clásico e Islam por dos años (1995-1997) y en donde fui capellán de la comunidad italohablante de la Parroquia Saint Joseph del Cairo.

Luego fui a Mádaba en donde junto con el Padre Hugo Alaniz fundamos la primera Casa del IVE en Jordania (1997-2001) allí hicimos de todo, fue magnífico, y todo con gran sacrificio ya que más del 95% del apostolado era en árabe y al principio tenía actividades que no es lo que uno sueña al pensar en la misión: ¡tenía que traducir manuales de mecánica del francés al árabe! Esto valdría otro escrito, pero en resumen les digo que “nuestros” sueños son muchas veces distintos de la voluntad de Dios y que en la misión vale más un gramo de paciencia que tratar de imponer lo más conveniente de acuerdo a nuestra pobre inteligencia. El pensamiento “en otro lado podría estar haciendo mucho más bien” suele ser una tentación muy fuerte que hay que rechazar porque oculta una voluntad muy poco trabajada.

De allí y por pedido del Patriarca a nuestros superiores, fui a estudiar a Roma, viví en Segni junto a un grupo nutrido de sacerdotes (2001-2003), ¡genial!

Desde allí vine a Beit Jala, en donde vivo en la comunidad San Justino y donde, por gracia de Dios, llevo distintos apostolados, desde las clases de los tratados filosóficos sistemáticos (en el seminario del Patriarcado Latino de Jerusalén y en el Filosofado de la Custodia de Tierra Santa) y otras materias en árabe, francés e italiano hasta comenzar juntos con las SSVM el Hogar Niño Dios de Belén; llevar ya unos 12 años de vicario provincial; haber trabajado para la fundación de muchas misiones del IVE y de las SSVM en toda la región; haber sido por años uno de los secretarios del Patriarca, principalmente, para los asuntos en español; dirigir a un nutrido número de seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos y religiosas nuestros y de otras Congregaciones; etc. etc. etc., sólo por nombrar lo más notable, aunque quizá no lo más importante, eso lo juzga Dios. Tuve la gracia de poder realizar desde los inicios mucho apostolado en árabe y, sobre todo, la inmerecida Gracia de tener hijos sacerdotes locales, diocesanos y religiosos así como hijas consagradas en distintas Familias Religiosas. “¡Hijos! ¡Quiero hijos! ¡Especialmente hijos sacerdotes!” Y sin ningún mérito propio, el Señor, continúa a hacerme fecundo. ¡A Él la Gloria!

He tratado siempre en Beit Jala con quien he tenido y tengo por compañero de misión, que nuestra vida sea modélica. A veces resultó, a veces, no. Trato de vivir con gran fidelidad el amor a la Iglesia Católica en el seno de nuestra Congregación.

La gracia de ser misionero en Medio Oriente

Si aún están despiertos les puedo seguir contando, aunque trataré de ser breve (¡Je!).

Considero que el haber sido enviado a Medio Oriente (¡y no a Rusia que era el sueño de mi vida misionera!) fue y es una enorme gracia inmerecida de Dios. Como enseña san Francisco de Sales: “La mayoría escoge según su gusto, pero pocos escogen según su deber”. Dios me concedió escoger según mi deber y cuando en mayo de 1995 el entonces superior general, el padre Solari, me preguntó si estaría dispuesto a ir a Palestina, a la Tierra del Señor. Le dije un firme sí. “Sí” que no retracté, gracias a Dios, y que le pido a Él no retractar.

Medio Oriente es una misión difícil. Muy difícil. Dificilísima. Pero… si del desastre que fui –y soy- en mi vida, Dios hizo un sacerdote misionero… eso quiere decir que es absolutamente cierto que Dios sigue eligiendo lo que no sirve, lo innoble, lo que no es para confundir a todo lo que –según el mundo- vale y es .

Dios allana el sendero de los suyos. Y las dificultades nunca fueron tantas de pensar verdaderamente que Él me quería en otro lugar –de haberlo visto claramente, lo habría pedido “al toque”, ya que como nos enseñó muchas veces el padre Buela no se trata de reventar al misionero sino que esté en donde deba, en dónde Dios quiera, en donde fructifique.

Desde que llegué traté de poner toda mi inteligencia, mi voluntad y mi corazón en la misión. Ya que me pareció siempre ridículo estar en un lugar con el cuerpo pero tener el alma en otro. Quise siempre evitar el hacer “turismo misionero” de aquellos que destinados a una misión, están sí un tiempo en ella, lo suficiente para sacar unas fotos y contar un par de anécdotas, pero “no quieren estar”. Están de una manera violenta y, desgraciadamente, por eso, no tienen todo su ser en el jardín –¡o en el desierto! – en donde Dios los plantó.

El misionero que no ama de verdad su misión no conoce a la gente, no la ama, no intenta comprenderlos, no los defiende, no los siente SU nueva familia.
De allí que sea absolutamente necesario pedirle al Señor fidelidad en la misión y, al mismo tiempo, poner manos a la obra con una voluntad de tercer binario.

La lengua…
El idioma árabe es hermosísimo pero es dificilísimo. No solamente no se aprende de la noche a la mañana. No se aprende bien ni siquiera haciendo buenos cursos intensivos –como los que tratamos de hacer y que son esenciales-. No se aprende con el sólo vivir aquí.
Se aprende gastando horas y horas, días y días, semanas y semanas, meses y meses… y años y años de estudio constante, consiente y serio. “¡Es imposible entonces!”, me dirá alguno. A lo que le respondo que No, que ¡NO ES IMPOSIBLE APRENDER ÁRABE!

Lo único es que sería un mal misionero, un mentiroso y un pésimo ejemplo decir que “se saca de taquito”… No solamente que no se saca de taquito, sino que se necesitan años y años de firme, consiente, serena y alegre perseverancia. Algunos no pudieron, por diferentes motivos, ni pueden aprender bien el árabe. Y hay, entre ellos, muchos que dan más Gloria a Dios y hacen más bien a las almas por su sacrificio de haber perdido la lengua… haberse tornado mudos…
Pero hay que distinguir quien no puede de aquel que no quiere. Que tomó una suerte de decisión oculta, es decir, no manifestada con las palabras que estoy escribiendo y que sería algo más o menos así: “¡no quiero aprender el árabe! ¡Sé que debo, pero no quiero! ¡Hasta aquí llegué!” Poniendo un montón de excusas, reales o imaginarias, ciertas en todo o en parte o en una partecita, adecuadas a esa persona, a esta comunidad, a esta misión y a este tiempo o forzando para que sea adecuada…

¿Qué quieren que les diga?
De allí a perder el entusiasmo por Dios -entusiasmo espiritual digo, porque el sensible no importa mucho y sirve para poco y nada- queda a mi entender poco lugar…

Decía, que quien toma la decisión de frenarse en el camino árido y muchas veces aridísimo de la inculturación, se arriesga de haber corrido en vano. De engañarse ahora, no de haberse engañado cuando tomó la decisión. De estar como un loco por este triste mundo que, al decir de la madre Teresa es como pasar una mala noche en una mala hospedería… sin saber qué estoy haciendo, ni para qué, ni, sobretodo, para Quién.

Esto puede parecer exagerado, pero no lo es. No podemos despreciar el primer instrumento de la predicación, que es la lengua que habla la gente del lugar, sin estar despreciando, aunque sea inconscientemente la voluntad de Dios para nuestra vida.

Repito, hay algunos que se desloman estudiando y no logran demasiado, y en esos casos Dios suple y hacen tanto o más bien que los que dominan la lengua, como San Ignacio, del cual se burlaban en Italia por lo mal que hablaba la lengua. Porque Dios no nos pide el éxito, sino el poner los medios de acuerdo a Su Santísima Voluntad .

El inculturarse
El amar la cultura de adopción, sin odiar ni menospreciar la de origen, es condición sine qua non para el evangelizador. Ya que él debe buscar “hacerse todo con todos, para salvar a algunos” y amando a Cristo sobre todas las cosas por Él debe estar dispuesto a sufrir la “pérdida” aún de su propia cultura –es una especie de muerte permanente… como incienso que permanentemente se quema delante de su Altar- .

Y para ello, como para seguir siendo misionero, es necesario mantener siempre frescos los más altos principios de la Vida espiritual y misionera. En mi caso estos son algunos:

“Yo, ¿para qué nací? Para salvarme”;
“Por eso comprometo todas mis fuerzas para no ser esquivo a la Aventura Misionera –texto que libremente lo pronuncié al hacer mis votos solemnes delante de Dios, de mis Hermanos del IVE, de mis Hermanas SSVM y de toda la Iglesia-;
“¡Dame almas Señor! ¡Toma el resto!” (cf. Gn 14, 21) –mi lema sacerdotal-;
“Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo” (Fil 2, 5)–mi lema diaconal-;
“La Caridad de Cristo nos urge” (II Cor 5, 14) y “La Caridad no hace nada malo al prójimo” (Rom 13, 10);
“El Reino de Dios es justicia, alegría y paz en el Espíritu Santo” (Rom 14,17) –lema del Padre Buela para indicar lo que debía ser nuestra vida en La Finca-;
“Dios ama al que da con alegría” (II Cor 9,7);
“Haz lo que haces” y “A cada día le basta su afán” (Mt 6, 34);
“Que a todos quieran ayudar” (San Ignacio);
Dame Señor, para más imitarte, oprobios y menosprecios. Siempre y cuando los pueda pasar sin ofenderte y sin que nadie te ofenda;
“¡Jesús, María, os amo, salvad las almas!”;
“No voy en busca del Tabor, sino del Calvario” (Santa Teresa de los Andes);
“¡Esfuérzate y se hombre!” (I Re 2, 2b);
“Mantente en tu quehacer y conságrate a él, en tu tarea envejece” (Eclo 11, 20);

Estos son algunos de los principios espirituales que el Señor me ha inspirado con Su Palabra o con la de los santos y de otras personas de buena voluntad para que los tome como propios en estos años. Y el Señor no me ha defraudado.

Para el estudio del árabe , siempre me incentivó, entre otras cosas, el pensar que “¡Quiero alabar a Dios en árabe! Sí, quiero alabarlo en la misma lengua que millones de hermanos en Cristo, católicos, ortodoxos y protestantes, lo alaban –algunos de ellos, con sus bemoles- en sus oraciones diarias y, sobretodo, en su último testimonio. Cuando son llevados al matadero por creer en Cristo. Efectivamente, ¡gran parte de los confesores de la Fe y de los mártires de nuestros días, hablan árabe!

Además elijo, quiero y deseo y es mi determinación determinada de alabar a Dios en árabe porque también la gran parte de los victimarios asesinos y blasfemos ofenden a Nuestro Señor Jesucristo y a las tres Personas Divinas de la Santísima Trinidad, en árabe. A pesar de la limitación propia, aunque salga con muchos errores de pronunciación y de sintaxis… quiero desde Medio Oriente –esta Tierra Santa que experimentó el beso de Dios a la Humanidad en Su Encarnación- adorarlo en árabe.

Además… entre tantas otras razones, debo aquí alabarlo en árabe porque no estamos en la Península Ibérica, sino en Medio Oriente, en el mundo árabe. Lindo papel ridículo e ineficacia misionera hubiesen tenido los grandes misioneros del mundo si hubiesen pensado en ir a un lugar y seguir viviendo sólo y exclusivamente su cultura y hablando sólo y exclusivamente su lengua de origen. Además así los tenemos en nuestro Directorio de la predicación de la Palabra de Dios: tenemos que hablar la lengua de la gente.

Lo mismo valga para todos los elementos de la cultura propia: las comidas, los cantos y demás sanas tradiciones.

En definitiva, de lo que se trata es de hacer algo análogo a lo que hizo el Verbo de Dios para redimir a la Humanidad, tomó una naturaleza humana perfecta, tomando con ella una cultura y una lengua determinadas… y dicha naturaleza asumida luego la clavó en la Cruz.

El misionero y la misionera deben hacer lo mismo, encarnar –inculturándose todo lo que más puedan y esto ¡no por desprecio a su origen sino por amor a su Destino! – encarnar decía una cultura, una lengua… y luego –con docilidad, perseverancia y alegría- dejarse clavar en la cruz.

Esa cruz que será el paso del tiempo, la pérdida de salud y de algunos dones naturales y de otros adquiridos, el estar lejos de la patria y, sobre todo, de los papás y de los hermanos, de los amigos; el seguir siendo y sintiéndose extraño; en que esté realmente o se sienta solo, abandonado, olvidado; el tener la percepción que todo lo que hizo es nada… como si hubiese por años intentado hacer un pozo en el agua; y todas las penas reales o aparentes que uno puede y, de hecho, experimenta. ¡Sí Señor! ¡Quiero ser clavado en la Cruz de esta misión! Porque cada uno se salva en la cruz que Dios le dio. Debo ayudar a llevar a otros su cruz, pero la que me abre a mí el Cielo es la mía.

Puede que no ame sensiblemente mi cruz, que me repugne, que me haga sudar sangre, que me dé nauseas… llegaré a pedir al Señor que me la quite… PERO solamente que lo haga si eso es su Voluntad. Fiat voluntas tua!

Y esto que digo para la inculturación en el mundo árabe vale análogamente para el mundo judío, griego, chino, ruso, africano, americano, europeo, etc. Vale para quien debe además asumir otro rito litúrgico. Vale para quien tiene la dificilísima misión de anunciar el Evangelio en la sociedad occidental en la cual se está gestando una sangrienta persecución contra todo lo que lleve y manifieste el Dulce Nombre de Cristo.

Vale porque en definitiva es lo que hizo el Gran Evangelizador, Aquel que es en Sí mismo la Buena Nueva y, junto a Él, lo que hizo la Gran Evangelizadora.

Gracias a Dios y a todos aquellos que de un modo u otro me ayudaron a lo largo de mi vida. Perdón a Dios y a todos aquellos que, de un modo u otro, he ofendido o dado mal ejemplo.

Pido a Dios y a la Virgen la gracia de perseverar hasta el final en la misión que ellos quieran encomendarme.

Y pido a todos que recen por mí, que me den buen ejemplo y buenos consejos.

De mi parte trataré de seguir haciendo aquello que en el lugar de misión me dejen buenamente hacer. Eso es lo que cuenta, que Dios no mide nuestra misión ni por los frutos, ni por los números, ni por el tiempo de duración, ni por la cantidad de palabras y lenguas que uno conozca, ni por la cantidad de gente con las cuales viva o se relacione diariamente, ni por ninguna cosa accidental.

Él mide la misión, la grandeza de nuestra misión, en nuestra fidelidad a ser ovejas en medio de lobos. Sean lobos feroces que parezcan lobos, sean lobos ferocísimos vestidos con piel de ovejas. “Yo os envío como ovejas en medio de lobos, sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10, 16) y no al revés.

Quisiera terminar con una oración del Cardenal Newman que recé desde los inicios de mi misión en Medio Oriente y que, ahora, vuelvo a rezar por todos y cada uno de los misioneros y misioneras de mi amada Congregación:

“Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya: inunda mi alma con tu espíritu y tu vida; penetra todo mi ser y toma de él posesión de tal manera, que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.
Quédate en mi corazón con una unión tan íntima, que las almas que tengan contacto con la mía puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme, olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.
Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros…
Esa luz, oh Jesús, vendrá toda de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío: yo te serviré apenas de instrumento para que Tú ilumines a las almas a través de mí.
Déjame alabarte en la forma que te es más agradable, llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras en el camino de otras almas.
Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas… con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción, con la sobrenatural influencia de mis obras, con la fuerza evidente del amor que mi corazón siente por Ti.”

P. Gabriel Eduardo Romanelli, IVE
Beit Jala, 11 de octubre de 2015