Testimonio contemplativo

Al Padre Buela,
Fundador del Instituto del Verbo Encarnado,
familia religiosa que me recibió
como un hijo.

Ciertamente que no es fácil explicar la vocación a la vida consagrada. Siempre forma parte del misterio, y siempre también es Dios quien toma la iniciativa y nos sale al encuentro, y cuando quiere de pronto contradice nuestros humanos pensamientos con sus sagrados designios. Creo que desde este punto de vista podría intentar, en algún modo, decir algo acerca de mi vocación, me refiero al aspecto paradojal que –al menos en mi caso- parece haber resaltado más al momento de decirle a Dios que “sí” y aceptar enrolarme en esta nobilísima y exclusiva empresa de consagrarme a militar directamente bajo el estandarte de la cruz, que por fuerza comporta el más grande de todos los premios: el reino de Dios… y sus generosas añadiduras .

La historia de cada vocación, como sabemos, no comienza propiamente con nosotros sino con una “decisión divina” que resuena desde la eternidad, pero cuyo eco en el tiempo se deja oír cuando, en concreto, un alma finalmente le dice a Dios que sí, porque el llamado depende exclusivamente de Él . De muchas maneras Dios nos puede insinuar su llamado, y así también de muchas otras podemos hacernos los sordos o decirle sencillamente que no. Resumo mi caso diciendo que desde niño tuve grandes inquietudes acerca de Dios, de la verdad, de la felicidad, del Cielo; pero dejé pasar el tiempo en distracciones y así la llamada parecía apagarse… aunque jamás aquellas inquietudes que no eran más que mis maneras de esconder lo que Dios me pedía.
Me remito a mi último año como laico, cuando Dios “destruyó mis planes” con los suyos.

En mayo del 2004, recién estrenados mis 18 años, ya llegaba la hora de decidir qué estudiaría y qué haría de mi vida. Ninguna carrera me apasionaba realmente, pero como estaba en un liceo en orden a seguir en la universidad y me gustaba dibujar –qué “discernimiento”- pensé que arquitectura estaría bien: no me costaría mucho y aprendería a dibujar mejor para no aburrirme; tal vez crear un comic para algún diario y después vería qué saldría de todo eso: he ahí mis más grandes aspiraciones.

Tenía muchos amigos, y sobre todo dos con los que éramos prácticamente inseparables; una hermana siempre compañera, unos padres que nos querían más que a sus propias vidas, lo mismo mi familia, y contaba además con la particularidad de ser el mayor de los sobrinos y los nietos por el lado materno, con abuelos muy jóvenes por demás; mi habitación, mi música, mis posters, etc., y además me preparaba para la confirmación. Y entonces, Dios, que ya más de alguna insinuación me había hecho, comenzó a oponérseme poco a poco.

Tenía todo lo que quería para mi edad –salvo el auto- y ya perfilaba mi futuro a mi manera (y es que detrás de toda excusa a los planes de Dios siempre hay algún egoísmo escondido), pero un día mi papá nos llevó a Misa al noviciado –que conoció exclusivamente “por esas cosas de Dios”- y cuando entré y vi al sacerdote incensando el altar y oí cantos raros pero muy agradables -que luego supe que eran en latín-, ni yo mismo lo entendí, pero me quedé cautivado; no conocía tal solemnidad y eso me llevó a pensar que la santa Misa debía ser algo mucho más importante de lo que a mí me parecía.

Un mes después estaba haciendo ejercicios espirituales, y llegado el momento de hacer elección de estado vino la primera paradoja de Dios en mi vida: yo quería casarme, tener hijos y ya, pero entendí (y no digo que “sentí”, porque no sentí nada) que mis deseos de algo realmente grande y digno de abrazar parecían resolverse sólo en la vida consagrada, y específicamente contemplativa, y fue justo en este momento en que todas mis inquietudes, y sobre todo las más grandes, hacer algo grande y entregarme a la reflexión sobre esta vida, parecían conjugarse perfectamente en la consagración a Dios. Sólo había un detalle: ¡yo no quería!; y así comenzaron los regateos con las ya clásicas y conocidas excusas: “tendré una excelente familia”, pero Dios no quería eso de mí; “seré un católico firme, me formaré muy bien”, pero Dios tampoco quería eso; “seré un gran defensor de la Iglesia, donde tú quieras, pero menos en la vida consagrada”… y entonces hice lo posible para quitarme de la cabeza “tal idea” (cuando en realidad era una elección en el alma).

Hice lo que estaba de mi parte para negarle a Dios lo que quería de mí: la propia vida; y comencé a adelantarme en mi futuro; avoqué mis anhelos hacia una futura familia, y me sentía bien, e hice nuevos amigos, sopesé nuevos proyectos, etc., y ya estaba todo listo, pero seguía resonando en mi interior la convicción de que siempre tendría que cargar con el hecho de que Dios me pedía otra cosa.

Cuando ya tenía todo mi panorama bien armado, me pregunté “sólo condicionalmente” ¿y si fuera sacerdote?, y entonces aprecié por primera vez mi indignidad: ¿cómo me vas a pedir algo tan grande, Dios?, no podría, no sería capaz, soy demasiado pecador, me conoces mejor que yo… ¡no quiero!… pero Dios sí quería y sólo Él sabe cómo, terminé haciendo una buena confesión y luego de experimentar esa inexplicable paz en el alma que deja ese toque de la misericordia divina que implica este sacramento, no tuve más opción que rendirme ante Dios…, y sin embargo, paradojalmente esto me sabía a victoria; y es que sólo triunfamos realmente cuando nos rendimos ante Dios.

Aún recuerdo bien aquel 21 de junio del 2004, pasadas las 13:00 horas, en aquella plaza solitaria a dos cuadras de mi liceo, en que mirando el cielo le dije a Dios finalmente que sí.

Debo decir que un sacerdote amigo, al cual le conté de mi decisión, me dijo: “ahora debes estar atento porque te vendrán tentaciones”: dicho y hecho; pruebas en el ámbito familiar; incomprensiones por otro lado, malos consejos de gente que tendría que haber obrado de manera totalmente opuesta; miedos, cobardías; inseguridades, ilusiones terrenas, tentaciones de futuro, etc.; pero a cada objeción que proponía, al ponerme delante de Dios en oración me daba cuenta de que absolutamente todas implicaban falta de confianza en Él: ¿acaso no es Dios más grande que mis problemas?, ¿acaso no es tan poderoso que puede reírse del mundo sirviéndose de mi miseria para llevar a los hombres su misericordia?; ¿acaso no eligió Dios lo bajo del mundo para confundir a la sabiduría terrena? … convencido, por gracia de Dios, de estas verdades, ingresé al noviciado y decidí no volver a confiar jamás en mí sino sólo en Dios, en Aquel que venció mi egoísmo con su amorosa paternidad; mis miserias con su misericordia, mis excusas con su Verdad; mis planes pusilánimes con sus misteriosos designios que perfuman eternidad.

Hoy soy sacerdote monje del Instituto del Verbo Encarnado, según Dios mismo lo dispuso desde que me pensó en su eternidad; hoy no me pertenezco sino que soy un simple instrumento humano del plan divino; hoy ofrezco cada día la santa Misa por la humanidad entera y vivo una vida consagrada, en el silencio de la oración, para interceder por las almas ante Dios mediante las plegarias y sacrificios que Él siempre escucha y acepta bondadoso. Hoy, por la sola misericordia divina que arremetió paternalmente “contra mis planes”, estoy donde Dios quiere que esté y donde, en consecuencia, mi vida se llena de sentido, de gratitud, etc., porque allí donde cumplimos la voluntad divina está nuestra santificación inmersa en la gran obra de Dios.

Algunos han de ser misioneros, héroes de abnegación y abandono en las manos de Dios en áridas tierras de misión; otros, los monjes, hemos de ser aquellas escondidas raíces de la Iglesia que con sus oraciones y sacrificios ayuden a llevar la savia hacia la copa, donde se dejarán ver los frutos; otros han de engendrar y formar desde el seno de la familia a los futuros miembros del cuerpo místico mediante el sagrado matrimonio, pero la verdadera felicidad no está en abrazar esto o aquello, sino en abrazar esto o aquello si así Dios lo quiere de mí.

La vocación es un llamado divino que al momento de unirse a nuestra aceptación, a nuestro “sí” a Dios, se funden en un solo designio y por fuerza, abrazando necesariamente la gloriosa cruz de Cristo, engendra la verdadera felicidad.

P. Jason J.M.