Signos de vocación religiosa

Si hiciéramos caso a ciertas opiniones del mundo, alguien con vocación debería ser alguien extraordinario, en continuo contacto con Dios y sus ángeles y qué se yo cuantas cosas más; casi con un marciano. Es verdad que, en parte dicha noción puede ser bienintencionada: el común de la gente tiene una idea tan alta de los religiosos, que piensan que sólo los Santos pueden aspirar a una vida similar y que Dios llama a esos pocos de una manera casi extraordinaria.
El mundo imagino que quien tiene vocación ha de estar completamente entregado a la oración, a una vida retirada y eminentemente santa:
– “¿Vocación Raúl? ¡No me hagas reír! Si se la pasa jugando a la pelota.
– “¡Que Andrea entrará en el convento! ¡Por favor! Si hasta el año pasado se la pasaba coqueteando con sus pinturas”.
Estas son algunas de las frases que se escuchan en las mejores familias…
Ahora bien, ¿cómo saber si se está frente a una verdadera vocación o simplemente a una idea pasajera?
Hay quienes piden poquísimo. El P. Lessio dice que “si alguno llega a la determinación de abrazar la religión y está resuelto a observar las reglas y sus obligaciones, no hay duda que esa resolución, esa vocación, viene de Dios; no importa qué circunstancias la hayan producido”.
Por su parte, San Francisco de Sales afirma que “no importa cómo se empiece con tal de que se esté determinado a perseverar y terminar bien”.
Santo Tomás de Aquino llega a afirmar que es tan alta la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa que “no importa de quién venga el propósito de entrar en la religión; la naturaleza del mismo es tan alta que no puede venir sino sólo de Dios”. Es más, el Doctor de Aquino expresa que si alguien se hace religioso creyendo que ésta era la voluntad de Dios, mientras que en realidad no lo era, Dios le dará con seguridad la vocación que anhelaba.
A la luz de la doctrina de la Iglesia y de la experiencia de los santos, veamos ahora algunas de las señales objetivas que pueden darnos la pauta de estar frente a una vocación sacerdotal o religiosa.
1. Conocimiento de la malicia del mundo y sus peligros
Cuanto nos referimos al temor del mundo, no estamos hablando de un miedo a ser maltratados o a no poder hacer una vida tranquila. Se trata más bien de un verdadero conocimiento de la malicia espiritual y moral del mundo y de la dificultad seria de permanecer fieles a la Ley de Dios mientras se encuentre uno en él.
Hay un temor al pecado, por la facilidad que hay en incurrir en él y, a la vez, un gran deseo de estar lejos de las tentaciones y peligros de este mundo.
Alguno ha pensado que este “escape del mundo” puede ser cierta cobardía de parte de uno que prefiere la comodidad del claustro. Se me ocurre que podría contársele una pequeña historia:
Dos amigos iban por la selva y al llegar frente a un río caudaloso vieron que no podían continuar; habían dos posibilidades: cruzar a nado o tomar una liana que colgaba de los árboles. Ambas posibilidades eran peligrosas, pero uno no sabía nadar y el otro tenía miedo a las alturas, por lo que uno de ellos se dio al nado y el otro se colgó como un mono hasta la otra orilla. Ambos llegaron, pero siguiendo la naturaleza de las cosas.
Algo similar sucede con la vocación; si Dios nos quiere religiosos, nos dará los medios y los miedos para que nos manejemos en esa vida, en cambio, si nos quiere casados, nos dará todas las herramientas para santificarnos en ese estado de vida tan sublime como es el matrimonio cristiano.
Millares de jóvenes no se conmueven ante la vista de este mundo mundillo, ni piensan jamás en abandonarlo; otros, en cambio, se sienten ahogados, agitados y ven que no quieren permanecer aquí, que odian este mundo, deseando ofrecer sus cuerpos como hostias vivas en sacrificio a Dios; eso es señal de vocación.
2. Atracción por una vida de pureza
“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”, dijo Nuestro Señor Jesucristo.
Hay jóvenes que son una excepción, pasan a través de un mundo de pecado y parece que no sintiesen nada; estoy seguro de que muchos de nosotros conoceremos a algunos de éstos. Viven en ciertas situaciones escabrosas y van como ciegos, están llenos de vida, de fuerza y son completamente dueños de sí.
Existe para ellos como un designio especial de la Divina Providencia; mientras otros en ocasiones menos peligrosas caen, ellos… nada, y muchas veces sin hacer un gran esfuerzo. Dios los conserva intactos. ¿Por qué razón Dios los mantiene así? Ciertamente por alguna causa. Muy probablemente porque los quiere para el camino en el cual no se puede andar sin la virtud de la pureza.
Y más aún si se trata de un joven que sabe, que ha visto, que ha lamentablemente experimentado lo que significa el vicio de la impureza, pero que ha encontrado luego por medio de la virtud y de la gracia de Dios, las fuerzas para no caer nuevamente y hasta de despreciar los placeres de la carne y de estar dispuesto a renunciar a ellos para siempre, entonces se ve claro que allí está el dedo de Dios y que nos encontramos frente a un joven del cual Dios espera cosas grandes.
3. Deseos de tener vocación
Cuántas veces se ha escuchado a algún joven, al ver pasar algún religioso por la calle, el decir luego: ¡Feliz él! ¡Si tuviese también yo vocación! Ciertamente que no todos los jóvenes piensan lo mismo y hay muchos a los que la vida religiosa no les inspira ningún atractivo o deseo.
Las ansias o el deseo de la vida religiosa no pueden provenir ni del demonio ni de la propia naturaleza, y esto simplemente porque la vida religiosa es una vida llena de sacrificios y de renuncias, todo lo contrario a lo que aspira nuestra naturaleza caída. Tiene que haber por lo tanto algo de sobrenatural en eso que gusta y atrae.
Cuando un joven empieza a tener ese secreto deseo, bien puede sospecharse que hay una acción de Dios en él. Aunque este deseo no exista actualmente, si se ha tenido alguna vez en la vida no debe despreciarse, sino que ha de ser examinado y ver cuáles han sido las causas por las cuales que se abandonó. Quizás se trate de una gracia de Dios que se ha perdido a raíz de una conducta indigna; quizás solamente la vocación se ha sumido en un letargo y entonces puede ser que se despierte con la oración.
En la práctica, dicho deseo se siente de cuando en cuando y normalmente revive en la oración, en la liturgia, después de recibir el Cuerpo de Cristo o bien en los días de calma y de Ejercicios Espirituales; ¡cuántos han sentido deseos de ser sacerdotes al asistir a la ordenación sacerdotal de un amigo, un hermano, un pariente! Es que cuando el alma se pone en contacto con Dios, Él habla más claramente.
Y es más: muchas veces este deseo indefinido llega a la certeza de la convicción: “Sí, me haré religioso; lo demás no vale nada; es lo que me conviene…”.
Aquí Dios llama claramente.
Un jovencito de quince años se presentó un día al P. Busuttil y le dijo:
– Padre, necesito oraciones. ¡Ruegue por mi!
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
– ¡Bueno! – le dijo el sacerdote. ¿Pero qué es lo que quieres conseguir?
– Tengo un deseo grande de hacerme sacerdote, pero temo que no llegaré. Temo que no tenga vocación. Pero la quiero tener. No sé si eso es pecado, pero ¡yo quiero de veras esa gracia!
¿Qué señal más clara quería este muchacho para estar seguro de que Dios le llamaba?
El P. Doyle señalaba que si alguna vez un joven se había preguntado seriamente acerca de la posibilidad de la vocación, esa era una señal cierta de poseerla. Quizás se diga que es exagerado, pero lo cierto es que no todos los jóvenes se lo plantean, sino sólo algunos de ellos. Es verdad que todos se plantean tener un auto, una linda novia, un buen marido, etc., pero un deseo de esta naturaleza, tan “contrario” a nuestros instintos y que dura normalmente meses, no puede ser una cosa pasajera o banal.
4. Conciencia de la vanidad del mundo
Ya hemos hablado algo pero intentemos completar un poco más el cuadro porque en realidad, “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.
Este sentimiento de temor y decaimiento empieza normalmente al ver a los compañeros y amigos que corren alocados tras las quimeras inconscientes del mundo. ¡Todo acaba, todo es vano!, se dice el joven que tiene en germen la vocación. “¿Vale la pena emplear toda una vida para conseguir estos bienes caducos que no valen, que no son capaces de dar un minuto de serena alegría?”.
Este sentimiento se introduce en todo momento y de un modo particular durante las diversiones o luego de ellas.
“¡Qué necio es el modo de pensar y de obrar de los hombres!” – se dice el joven.
¡Todo es artificial, todo pasajero!
Se cuenta en la vida de San Felipe Neri una anécdota que vale la pena narrar y que podrá ilustrar un poco más lo que queremos decir:
El joven Francesco Zazzera, estudiaba Leyes; era de hermoso aspecto, gran ingenio y poseía de todo un gentilhombre, ganándose con ello la simpatía de muchos y muchas.
Creído de gran talento y de óptimas cualidades, lleno de ambición, se auguraba a sí mismo una brillante carrera como abogado y una excelente fama en la ciudad de Roma. Una tarde, mientras conversaba con sus amigos sintió hablar por casualidad del Padre Felipe Neri, de sus andanzas y sermones; esuchaba con atención lo que se narraba acerca de él y, lleno de curiosidad, resolvió dirigirse hacia San Girolamo della Carità para escuchar una de sus famosas prédicas. Una vez allí pudo escuchar el sermón entero y quedó, como muchos, muy edificado.
Terminado el sermón vespertino y para su sorpresa, el P. Felipe se acercó hasta él y abrazándolo como a un hijo, exclamó:
– Mi buen amigo, ¿cómo te llamas?
– Francesco Zazzera.
– ¿Y a qué te dedicas? – replicó el santo.
– Soy estudiante de Leyes.
Querido Francesco, tú eres muy afortunado… ¡Feliz de ti! Ahora estudias… pero ¡luego serás doctor en Leyes… bravo! Luego comenzarás a ganar una buena suma… luego serás alguna cosa… un gran hombre de negocios… Me mirarás desde arriba… Serás… serás… serás… ¡Feliz de ti, oh Francesco!… ¡Feliz de ti…!
El joven estudiante escuchaba con gran orgullo las palabras del Santo, pensado que hablase en serio. Sonreía por el hermoso pronóstico que le auguraba el santo sacerdote. Sin embargo, interrumpiendo las alabanzas, San Felipe se le acercó al oído y le susurró suavemente:
– Serás… serás… serás… – y poniéndose serio, con acento compasivo agregó: ¿Y luego, qué? ¿Y luego de todo esto, qué…?
El joven que no se esperaba esta conclusión, entendió a qué se refería y permaneció muy impresionado por aquellas palabras.
Esa noche fue imposible dormir, sintiendo una y otra vez aquellas palabras del Padre Felipe: “¿Y luego qué?…”; “¿y luego qué?…”; “¿y luego qué?…”.
Al día siguiente volvió junto al Santo para pedirle consejo, con la firme determinación de abandonar la carrera de abogado para dedicarse a Dios, si el Rey de los Cielos así se lo pedía; en efecto, se había dado cuenta de la levedad de la vida y de la vanidad del mundo. San Felipe no tardó en aconsejarlo y luego de un par de semanas vistió la sotana siendo así uno de los discípulos más queridos del Santo de la alegría.
5. Atracción por una vida de oración
Quien comienza a plantearse en serio la vocación, tiene normalmente un deseo indecible de sentirse unido con Dios, de conversar con Él, de rezar. Desea estar solo, escondido para poder pensar… Se tienen deseos de hacer oración, se buscan espacios para rezar, se aprovecha el tiempo (una jaculatoria, una decena del Rosario, un pequeño pensamiento).
¡Cuántas veces se ve, entrando en alguna iglesia, a algún joven o alguna joven arrodillados y en oración! ¡Cuántos van Misa durante la semana, haciendo muchas veces grandes sacrificios para poder llegar a horario en el medio del trajín del día! Y nosotros ¿cuándo pensamos que quizás Dios los esté llamando? Probablemente sea un simple ejercicio de piedad, pero muy probablemente se trate de algo más. Preguntemos simplemente y nos sacaremos la duda.
6. Deseo de sufrir y de reparar por nuestros pecados
Nuestro Señor Jesucristo sufrió por nosotros mientras gozamos de tantas pequeñas comodidades
– ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué he de hacer por Cristo? – se repetía un joven a quien conocí mientras discernía su vocación.
El pensamiento de tantos pecados y de tanta ingratitud para con Dios de parte de los hombres deja, es cierto, indiferentes a los más, pero hiere a otros en lo más vivo de su ser y les hace sentir el deber de sufrir y sacrificarse para asemejarse a Jesús.
Muchas veces no piensan en los porqués, simplemente hay deseo de sufrir por amor a Dios; entonces es cuando se ve a estas almas entregarse al sacrificio, renunciar voluntariamente a tantas diversiones incluso lícitas; algunos procuran instrumentos de penitencia para hacer sufrir al cuerpo (se quita tiempo al sueño, se ayuna) y así encontrar el gozo y la paz del alma donde se percibe el comenzar a amar más en serio a Dios.
Santo Dominguito Savio, ayunaba por los pecadores a la tierna edad de once años; Santa Teresa buscaba dormir sobre tablas para hacer penitencia; San Luis Gonzaga, atormentaba su sueño con piedrecillas metidas entre las sábanas.
La vida de sacrificio y reparación resulta ser una de las señales más sólidas y seguras de vocación, por ello es importante presentar la vida religiosa tal como ella es, es decir, como una vida de renuncia y de sacrificio. Es inútil procurar mitigar este lado incómodo de la vida religiosa; la vida religiosa es Cruz y nada más que Cruz.
Cuenta el P. Busuttil que una joven a la que él dirigía espiritualmente se presentó a las Hermanas Franciscanas Misioneras de María para ser admitida en su Congregación. Una vez con ellas, las hermanas empezaron a desanimarla diciéndole que su Regla era muy rígida y difícil, que pocas llegaban a resistir y que la mayoría tenía que volverse atrás. Al principio quedó un poco angustiada, pero luego quiso ir al Noviciado para ver y probar cómo era la realidad.
Al llegar, nuevamente la Maestra de novicias la previno:
– ¡Ni pensarlo! ¡Nuestra Regla es muy dura! ¡Nunca podrás resistir!
A lo que la joven respondió.
– Si hay que sufrir, mucho mejor. Yo no quiero hacerme religiosa para estar bien, sino para crucificarme con Jesús.
Y es que el que tiene verdadera vocación nunca temerá al sacrificio; por el contrario, si un joven pide abrazar la vida religiosa y permanece perplejo ante el pensamiento de que tendrá que sufrir y renunciar a todo, conviene ir despacio y hacerle esperar un poco más ya que muy probablemente no la tenga.
7. El amor a la Cruz
Junto con el deseo de sufrir por los pecados, existe otro gran amor en quien está perfilándose hacia la vida religiosa o sacerdotal: es la Cruz de Cristo que atrae y seguirá atrayendo hasta el fin del mundo, como ha expresado incansablemente el P. Carlos Buela .
La vocación no es un llamado a pasarla bien, sino a pasarla mal: “Hijo, si te acercares a servir al Señor Dios, prepara tu alma a la tentación” (Sir 2, 1). “Hay que morir cada día” (1Cor 15, 31), o como dice el Kem¬pis: «es preciso vivir muriendo»; hay que crucificarse con Cristo (Ga 2,19) ya que el religioso es como un condenado a muerte (2 Cor 4,11).
Si un joven o una joven, está dispuesto a ello, puede ser que tenga vocación, y, si ante esto se asusta, es señal de que, probablemente, no tenga vocación. El que tiene verdadera vocación está dispuesto a hacer cosas grandes, heroicas, incluso épicas por Cristo y su Iglesia.
A quien quiera entrar en religión se le ofrece «pobreza y persecu¬ción». Y no piense mundanamente nadie que pedir estas cosas es algo negativo, es lo más positivo, y tal vez lo más hermoso que se puede pedir, porque es pedir poder vivir la octava bienaventuranza que es la confirmación de las siete anterio¬res y es pedir aquello más eficaz para convertir nuestro mundo, porque es dar testimonio de que «el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas».
Para el P. Buela, la razón última de las vocaciones numerosas se encuentra en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. De hecho la cruz es la que atrae vocaciones verdaderas.
Pero… ¿Qué queremos decir con la cruz de Cristo?
1) En primer lugar, quere¬mos indicar la cruz que coronaba el Gólgota y en la que Él murió, como fuente inexhausta de todas las vocaciones a la vida consagra¬da de todos los siglos, como fuente primaria y fecundísima de todas las vocacio¬nes que han existido, existen y existirán. Esa cruz de Cristo, con todo lo que en ella hizo y padeció, está en el comienzo, desarrollo y perseverancia final de toda vocación consagrada. Que muchos consagrados tengan miedo a la cruz de Cristo es señal, más que elocuente, de la deca¬dencia de la vida consagrada y del porqué de la falta de vocaciones en muchas comunidades.
2) En segundo lugar, con «la cruz de Cristo» queremos indicar la que Él preparó para cada uno de nosotros en su cruz, co¬mo muy bien dice San Luis María Grig¬nion de Mon¬tfort en su Carta circular a los amigos de la Cruz:
– La que cada uno debe cargar con alegría, con entusiasmo y con valentía;
– la cruz que mi Sabiduría le fabricó con número, peso y me¬dida;
– la cruz cuyas dimensiones: espesor, longitud, anchura y profun¬didad, tracé por mi propia mano con extraordinaria perfección;
– la cruz que le he fabricado con un trozo de la que llevé al Calva¬rio, como fruto del amor infinito que le tengo;
– la cruz que es el mayor regalo que puedo hacer a mis elegidos en este mundo;
– la cruz constituida, en cuanto a su espesor por la pérdida de bienes, las humillaciones, menosprecios, dolores, enfermedades y penalidades espi¬rituales que, por permisión mía, le sobrevendrán día a día hasta la muer¬te;
– la cruz, constituida, en cuanto a su longitud, por una serie de meses o días en que se verá abrumado de calamidades, postrado en el lecho, reducido a mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, aban¬donos y otras congojas espirituales;
– la cruz, constituida, en cuanto a su anchura, por las circunstancias más duras y amargas de parte de sus amigos, servidores y familiares;
– la cruz, constituida, por último, en cuanto a su profundidad, por las aflicciones más ocultas con que le atormentaré, sin que pueda hallar con¬suelo en las creaturas. Estas, por orden mía, le volverán las espaldas y se unirán a mí para hacerle sufrir.
Este mismo deseo es de inconmensurable valor al momento de pensar en la vocación de un joven; es el deseo que tuvieron todos los santos.
8. Espíritu de generosidad para con Dios
Otro signo es el no estar nunca satisfecho con lo que uno hace por Dios, no decir nunca basta, querer hacer siempre más. Si un joven empieza a experimentar cierta inquietud, una santa impaciencia por hacer siempre más por la causa de Dios, estamos frente a un amor genuino hacia Jesús, frente a la comprensión práctica de lo que Él ha hecho por nosotros, y a la nulidad y debilidad de nuestros esfuerzos para amarle y para pagar su exquisita bondad y condescendencia.
Si a este joven se le pregunta su ama a Dios, en seguida enrojece de vergüenza y aún puede llegar a las lágrimas porque se ve muy lejos del ideal acariciado en su mente… es porque son almas de Dios.
Aquel querer amar a Jesús hasta la locura, aquel atormentarse continuamente porque no se ama a Dios como uno quisiera, aquel querer hacer un no se qué para demostrar su amor, empuja a estas almas a verdaderos heroísmos de generosidad. El amor de Dios les es alegría y tormento al mismo tiempo; alegría porque lo tienen de veras, tormento porque no es como y cuanto quisieran.
¿Estado místico? No, necesariamente, pero signo muy probable de vocación.
9. Horror al pecado y delicadeza de conciencia
Es un miedo saludable respecto del pecado; éste es considerado como el verdadero y único mal del alma; al mismo tiempo que el joven ve sumergirse a amigos y conocidos en la corrupción y en la ruina espiritual, él desea un medio que los aleje de tantos peligros y piden misericordia a Dios. Busca un modo de vivir en el cual el pecado sea imposible.
Es cierto que todo cristiano debe tener horror por el pecado, pero nos referimos a un deseo de perfección mucho más fuerte, deseo no sólo de no pecar, sino de hacer que el mundo no peque, de pedir por los pecadores, de perdonarlos, de ser testigo y copartícipe de la misericordia divina.
Junto con el horror al pecado, se halla una sensibilidad especial para guardarse aún de las más leves faltas. El solo temor de ofender a Jesús, al cual quieren tanto, los impele a realizar cualquier renuncia. Son delicados y fieles y se descubren las más pequeñas faltas con una destreza sorprendente. Son almas llamadas a la perfección, prontas a las más altas aspiraciones.
10. Temor a tener vocación
Según San Alberto Hurtado, a veces es señal de vocación el mismo temor de que Dios quiera llamarlo a uno a la vida religiosa.
A veces se tiene miedo de la vocación, se quita todo pensamiento sobre esa materia, el cual vuelve con insistencia y, ¡hasta se reza para no tenerla!. “Que Dios tenga lejana de mí semejante invitación, la cual destruiría tantos castillos ideados y acariciados”.
Hay en el joven un pensamiento similar al siguiente: “Este o aquel otro quieren pescarme para la vida religiosa”, “me quieren convencer”; ante esto, algunos evitan el “peligro” de conversar con sacerdotes, de ir con religiosos o con jóvenes que tienen vocación, de ir a un retiro o a un campamento, por temor a que se hable de la vocación o que vengan eses extraños deseos de consagrarse.
Conozco muchos que, por temor a enfrentarse con la realidad, temen hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio porque deben enfrentarse allí con su propia alma y hacer también la “elección de estado”; hay otros que, como yo cuando más joven, los hacen pero “saltean” ese último paso por creer que se tiene la vida ya decidida. “Todo esto – dice el P. Doyle – a veces es señal de verdadera vocación”.
El demonio, que es muy inteligente, puede prever con cierta probabilidad que, si llegasen a ser sacerdotes o misioneros, harían muchísimo bien, y por eso procura poner en sus corazones esos temores infundados para alejarlos del camino que sería su salvación y la de tantas almas.
Los ejemplos de vocaciones empezadas en este terreno son muchísimos.
– En la vida de Santa Faustina Kowalska se lee que desde los 15 años había comenzado a sentir el llamado a la vida religiosa. Al inicio no hacía mucho caso, pero finalmente, deseó hacer las cosas como Dios manda y decidió hablar con sus padres.
La respuesta fue negativa; no iría al convento; todo acabó allí y Faustina siguió su vida sin pensar nuevamente sobre el tema. Cada vez que le venía el pensamiento de la vida religiosa, hacía lo posible por quitárselo de la cabeza. La misma Santa relata una de estas ocasiones en el diario:
“El decimoctavo año de mi vida, insistente pedido a mis padres el permiso para entrar en un convento; una categórica negativa de los padres. Después de esa negativa me entregué a las vanidades de la vida sin hacer caso alguno a la voz de la gracia, aunque mi alma en nada encontraba satisfacción. Las continuas llamadas de la gracia eran para mí un gran tormento, sin embargo intenté apagarlas con distracciones. Evitaba a Dios dentro de mí y con toda mi alma me inclinaba hacia las criaturas, Pero la gracia divina venció en mi alma” (Diario, Nº 8).
Durante ese mismo año tuvo una experiencia que marcó su vida. Fue invitada a una fiesta junto con su hermana Josefina, en el parque de Venecia, en la ciudad de Lodz:
“Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empecé a bailar, de repente vi a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome esas palabras: “¿Hasta cuándo Me harás sufrir, hasta cuándo Me engañarás?” En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo. Me senté junto a mi querida hermana, disimulando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza. Un momento después abandoné discretamente a la compañía y a mi hermana y fui a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba anocheciendo, había poca gente en la catedral. Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento, y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había de hacer en adelante. Entonces oí esas palabras: “Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un convento”. El temor finalmente terminó y Faustina siguió la voz de Dios.
– También se lee en la vida del Beato Miguel Agustín Pro, S.J., que sentía una gran repulsión en su juventud respecto de los sacerdotes jesuitas: no podía verlos de ninguna manera. Estaba enfadado con ellos porque, siendo Directores Espirituales de sus hermanas, las dirigieron hacia el claustro. Una gran melancolía se había adueñado de él; no quería ver a nadie y menos a un sacerdote. Su madre, pacientemente logró convencerlo de que hiciese los Ejercicios Espirituales para quitarse esa idea de la cabeza; finalmente fue pero con el temor de encontrarse con Dios; fue eso precisamente lo que sucedió: Nuestro Señor le hizo ver que lo llamaba a una vida de mayor entrega y él respondió con su vida que finalmente fue inmolada totalmente por el martirio.
Pero para poner un caso actual, transcribamos una homilía predicada por el P. Carlos Buela acerca de su propia vocación al sacerdocio :
Voy a hablar ahora de mí mismo: cuando era joven como ustedes andaba de novio. Tenía una novia muy linda y no como las de acá que son argentinas. Mi novia era importada, había nacido en Florencia y me enseñaba – porque en Florencia se habla el mejor italiano – ha hablar bien el italiano: “cuatrocciento carenta jarro”. Eso lo hacen en Florencia “cuatrocientos cuarenta y cuatro” son las palabras que usan ellos para saber si hablan bien el italiano o no. Y también quería que yo aprendiera a cantar: “Me piacce tanto el suono del violino, porque me dice bala, bala, ballarino”. Y bueno estaba en esa cuando resulta que hago Ejercicio Espirituales de San Ignacio y ¡Tac!… San Ignacio me sacó la cabeza.
Fue en la meditación de los tres binarios. Los tres binarios…, ustedes no tienen idea de lo que es, los seminaristas tampoco tienen mucha idea…: son palabras que usa San Ignacio; de la época de María Castaña. En esa meditación dice él que hay distintos tipos de hombres: hay quienes nunca ponen en práctica lo que deciden, van dejando en práctica para mañana, mañana para pasado, pasado para más adelante. Y el segundo tipo de personas son aquellas que le dicen a Dios: “Señor, hacé lo que Vos quieras, siempre que estés de acuerdo conmigo”. No, se engaña más fácil, es decir lo tratan a Dios como inferior, propiamente no quieren hacer lo que Dios quiere sino quieren hacer lo que ellos quieren – y ahí estaba yo. Yo le decía a Dios siempre en el Padre nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…”; ustedes también lo hacen, pero ahí me di cuenta que yo le decía: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, menos ser sacerdote”, es decir, con una condición, porque yo no quería ser sacerdote. Y acá estoy.
Me acuerdo muy bien, bueno yo digo: “esto es una macana total”; porque ya estaba en la Universidad, porque tenía la novia, porque estaba al frente de la familia de mi finado padrino que era un fábrica interesante, y por mis amigos, los planes que uno tenía, los proyectos… Desde los catorce años – que yo recuerde, o trece – empecé a rezar por mi futura esposa y por mis futuros hijos. Y me encontré con que la esposa que Dios me presentaba, tenía más de 1.000 años de antigüedad.
¿Y los hijos? Eso lo iba a extrañar muchísimo más. Pero hablando de este tema con un compañero – el Gallego Plácido – le decía: “¡Pero vos sabés lo que es renunciar a eso! ¡yo toda la vida pensé tener una chorrera de hijos!”. Y el Gallego me decía: “no seas tonto, no ves que vas a tener todos los hijos que quieras y de la edad que quieras”, y tenía razón.
Entonces ahí, le dije a Jesucristo: “Bueno Jesucristo mirá: hagamos un trato, si vos querés que yo sea sacerdote yo estoy dispuesto” – yo esperaba que se hiciese el sordo.
Y no, no se hizo el sordo. ¿Por qué? Porque no era tan tonto: después no iba a poder rezar el Padre nuestro, ni siquiera iba a poder comulgar, porque si uno no quiere hacer la voluntad de Dios termina haciendo la voluntad de uno y finalmente: ¿dónde está la viveza cuando el secreto del hombre acá en la tierra es hacer la voluntad de Dios?
Y bueno así pasó el tiempo, tiempo de seminario, tiempo de sacerdote y no termino de darle gracias a Dios de haberle dicho en aquel momento “si”, aunque me costó muchísimo pero le dije “si”, y Jesús nunca me falló.
Acá engancho con el tema que yo siempre le predico a los jóvenes que es el mismo desde el principio: Jesucristo. Vale la pena conocer a Jesucristo, vale la pena conocerlo a él íntimamente, vale la pena hacer el esfuerzo de salir de toda la taradez que nos rodea y de toda la superficialidad para llegar a conocer a Aquél que fue el que dio la vida por nosotros; vale la pena. Y si hoy hay muchos jóvenes que están en la estupidez, si hay muchos que son huecos de alma, es porque no han encontrado todavía a Jesucristo, es decir no han encontrado algo que les enseñe que vale la pena vivir y que también vale la pena morir. Algo que da sentido a la vida; lo que da sentido a la vida es, justamente aquello que no pasa, que no muere, que no te engaña, que no miente ¿Y quién es ése? Jesucristo.
Jesucristo no engaña a nadie; los hombres podemos fallar, los sacerdotes podemos fallar y también los Obispos pueden fallar porque son hombres. El único que nunca engaña es Jesucristo.
Cuando cumplí 18 años, un sacerdote que falleció en un accidente – el finado padre Benedetto – me entregó un crucifijo semejante al que tengo arriba del escritorio y me dijo: “Mirá, este es el único amigo que nunca falla”, y decía la verdad.
Sólo Jesucristo no falla, sólo Jesucristo no miente. Él dice palabras de vida eterna: “El cielo y la tierra pasarán – dijo Él – pero mis palabras no pasarán”. Y las palabras de Él tienen vigencia hoy día, actualmente.
Jesucristo es el único que enseña a amar de verdad, como enseñaba San Pablo en la primera lectura: “el amor todo lo tolera, el amor todo lo soporta, el amor todo lo espera, el amor todo lo cree”. Ese amor que es el amor verdadero se aprende en la escuela de Jesucristo.
11. El celo por las almas
La narración de la lejana misión siempre ha encantado y conmovido: el pensamiento de millones de almas que aún no conocen a Jesús, puede hacer que por momentos se nos escape una caprichosa lágrima.
Ante esta realidad, muchos quedan fríos, como si fuera algo que no les toca, pero a otros les parece tener una gran obligación frente a dichas almas; sienten que deben hacer algo para ayudarlas, que no pueden permanecer tranquilamente en sus casas. Algunas veces ese pensamiento se vuelve pesado y los persigue: ¡Alguien tiene que hacer algo! Se cuenta de Santa Teresa de Ávila que, cuando muy niña, escapó de su casa para ir a las Cruzadas a defender la causa de Cristo. Es la misma sensación que sentía el Salmista cuando cantaba: “No has querido sacrificios, ni ofrendas, ni holocaustos, por eso he dicho a mi Señor: He aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Sal 39).
Este joven es, aunque no lo sepa, el reflejo de Jesús Crucificado que continúa gritando: ¡Tengo sed! Este sentimiento altruista, flor de la caridad cristiana, se encuentra con frecuencia en almas juveniles y es una señal evidente de que Dios llama al ideal de la paternidad o maternidad espiritual, que es la expresión más genuina de la caridad y de la vida consagrada al bien de los demás.
12. Sentir una santa envidia de los religiosos
“¡Mirad cómo se aman!” decían los paganos de los primeros cristianos. Es ese amor y esa entrega por Cristo lo que muchas veces lleva a hacer suspirar por llevar una vida similar. Recuerdo que antes de entrar al seminario, visité un par de veces la casa de formación que luego sería la mía; veía que todos estaban alegres y que, aunque estuviesen limpiando las ollas, o los baños, o cocinando a la intemperie, todos cantaban, todos estaban felices. En verdad, pensaba que estaban fingiendo: “No pueden estar tan felices en medio de tanta nada”. Pero era así; envidiaba esa felicidad que poco tiempo, sin saberlo todavía, sería también la mía.

* * *

En realidad podríamos continuar todavía esta lista hasta casi el infinito, pero baste lo escrito hasta acá para ilustrar algo de lo que puede pasar por el alma de quien está siendo llamado a la vida sacerdotal o religiosa.
Es importante tener en cuenta que lo que mencionamos aquí son simplemente “señales de la vocación”, es decir, no significa que quien las tenga, posea todo lo que se requiere para poder deducir la presencia de un verdadero llamado, sino que alguna o algunas de esas “señales” son ya un indicio cierto de que alguien puede haber sido escogido por Dios.
Hay quienes nunca han sentido nada de esto y de todos modos entienden claramente que deben ser religiosos o religiosas y esto porque Dios se ha manifestado de alguna otra manera. Él es el único médico de las almas y dueño de todo, por lo que no hay reglas o métodos que valgan al momento de comunicar una gracia tan grande como es la de la vocación.

(Tomado del libro “¿Alguna vez pensaste?” del Padre Javier Olivera)