Signos de vocación monástica

Nosotros no podemos poner otra condición para aceptar a una persona que pida el ingreso a la Vida Contemplativa dentro de nuestra Familia Religiosa, distinto al que ponían los Santos. San Benito dice en la Santa Regla, “si verdaderamente quiere a Dios” (cf. SR 58,7) Desear a Dios. Dios ha puesto ese deseo en su alma. Y al cual una vez visto y conocido se quiere corresponder, como dice San Gregorio: “Cuando se ha visto a quien se ama, se enciende más ese amor”
Pero no nos engañemos, desde el principio debemos saber que para ver a Dios es necesario morir, como respondió Santa Teresa a su tío interrogada del por qué había huido con su primo, para morir en manos de los moros. (Cf. Libro de la Vida, 1,5) Morir al pecado, al mundo y a los deseos de la carne, morir al hombre viejo, para llegar a descubrir a Dios en todas las cosas, y amar en Dios todas las cosas.
Para alcanzar este fin, los monjes del Verbo Encarnado tomamos el camino más excelente y rápido, a saber, la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia y para mejor imitar al Verbo que se ofrece al Padre silencioso y escondido, en el seno de María: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocausto y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo- pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios tu voluntad! (Heb 10, 5-7 hacemos un cuarto voto de esclavitud de amor a María Santísima, para entregarle a Ella toda nuestra vida, pasada, presente y futura. (Cf. Directorio de Vida Contemplativa n° 3)
El modelo de consagración a Dios, no puede ser otro que el mismo Jesucristo, en el misterio de su Encarnación que llevó a su plenitud en la Cruz. De ahí que los monjes del Verbo Encarnado consagrarán sus vidas no solo a contemplar sino a vivir el misterio del Verbo Encarnado por medio de la práctica de las virtudes del anonadamiento, la humildad, la pobreza, la obediencia, sacrificio, amor oblativo, la penitencia reparadora, estará dispuesto a pasar por todas las purificaciones y conversiones que Dios le tenga preparada, hasta alcanzar la medida de Cristo. Y a la vez, se dedicará a practicar en todo lo que haga, las virtudes de la trascendencia, la fe, la esperanza y la caridad que lo unirán directamente con Dios. De este modo recordará a los hombres, no palabras, sino con su vida, la primacía del amor a Dios. ( cf. DVC n° 12)
Estarán dispuesto a vivir en sus vidas el misterio Pascual de Cristo, que es muerte y Resurrección
Llegados a este punto, en el interior de algún lector, puede haberse suscitado cierto movimiento o alguna moción, alguna inquietud. ¿Estaré yo llamado a este estilo de vida? Para ayudar a discernir la vocación, intentaré del mejor modo posible indicar algunos de los signos de vocación contemplativa dentro de nuestra Familia Religiosa del Verbo Encarnado.
Me imagino delante un joven haciéndome esta pregunta. ¿Estaré yo llamado a este estilo de vida? Un tanto nervioso, como cuando se espera la respuesta para dar un paso hacia algo grande. Cierto temor y a la vez un deseo que Dios le esté pidiendo, que imite un aspecto de la vida que su Hijo llevó al hacerse hombre. Es normal que haya temor y nervios, ansias. Es que realmente se está en un momento crucial de la vida, del cual puede depender la salvación eterna del alma y la de muchas otras, mi felicidad temporal y eterna, y la felicidad de muchos que Dios encomienda a mi cuidado. Se está ante algo grande, muy grande. Es la experiencia muy íntima de Dios que quiere tomar parte en mi vida de un modo especial. Me quiere para Él con exclusividad… ¿Puede ser que Dios pida que toda mi vida se la entregue totalmente y exclusivamente a Él? ¿Por qué a mí? Pienso que los caminos de Dios son tan diversos a los nuestros, y Dios llama a quien quiere, cómo quiere, cuándo quiere y del modo que quiere. “Los llamó para que estuvieran con Él”…dice san Marcos en su Evangelio… (Mc 3,14) ¿Estaré yo entre esos que Él llamó y llama y seguirá llamando a lo largo de la historia?
Me llama para que lo imite a Él. Toda vocación es seguimiento de Cristo, para reproducir en el tiempo un aspecto de la vida que Él llevó al hacerse hombre. En el caso de los contemplativos, estamos llamados a imitar los años de la vida oculta de Jesús, y los momentos en los que Él se retiraba al monte a orar a solas.
Creo que el primer signo es la convicción interna de que Dios me llama a estar con Él, en un trato íntimo, exclusivo y profundo. Dice nuestra Regla: “El seguimiento de Cristo en la vida monástica encierra: un deseo ardiente de conócelo y amarlo en la oración, de practicar virtudes heroicas para asemejarse más Él, que todo lo ha hecho bien (Mc 7,37) y un amor entrañable a las almas por quienes Cristo derramó su sangre” (DVC. n° 9)
La idea de Dios y su relación con Él en la soledad, apartado del mundo, “Venid vosotros a un lugar desierto” (Cf. Mc 6,31) toman una fuerza irresistible en mi vida, aun en medio de las ocupaciones diarias. Hay un deseo de alabarlo, bendecirlo, glorificarlo, darle gracias, por medio de la oración, la penitencia reparadora. Hay un deseo intenso de reparar las ofensas que se le realizan a su Hijo con los pecados que cometemos los hombres. Me doy cuenta que quiero estar entre esos consoladores que Dios busca y no encuentra. “Busqué quien me consolara y no los hallé”. (Sal 69,20) Consolar a Jesús, era el deseo del Beato Francisco Marto, vidente de Fátima.
Su finalidad será vivir sólo para Dios: éste es el enérgico resumen que proclama todo el deseo Dios puso en el corazón de cada monje. No ya sólo vivir en presencia de Dios sino para solo Dios, sin más intención que Dios, “porque es más precioso delante de él y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas obras juntas” (San Juan de la Cruz, Cántico, 29,1)
En este sentido nuestro Fundador el p. Carlos Miguel Buela, decía en octubre de 1988, palabras que quedaron grabadas en nuestra Regla. “Por tanto que todos los actos de su vida suban al Señor en suave olor de santidad, quemándose como el incienso en adoración al solo Santo, en acción de gracias por tanto bien recibido, “en todo amando y reconociendo” (Cf. DVC, n° 10
Ayudar a los hombres de un modo misterioso pero no menos fecundo por medio de la oración. Poniéndome en la brecha: “Busqué entre ellos alguno que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no lo hallé” (Ez 22,30). Los monjes de nuestra Familia Religiosa estarán en la vanguardia de la obra misionera del Instituto, y guardianes de su espíritu. (DVC n°12)
Es cierto que cada vocación es una obra de arte de Dios, y son tan variados los modos que Él tiene para llamar… pero creo que en todos la idea de fondo es: Dios sólo en mi vida. Yo sólo para Dios.
Todo lo que he dicho, se debe hacer personal, lo debo ver proyectado en mi vida personal, saber que Dios quiere eso para mí aquí y ahora y por eso lo quiero yo. No se trata de traer a Dios a mi voluntad o capricho, sino adherir mi voluntad a la de Dios.
“Él nos amó primero” (I Jn 4,19). En la vocación a la vida contemplativa hay como siempre, un amor que nos precede. El amor de Dios. Al que yo, de algún modo quiero corresponder. Amor con amor se paga. Esto explica las renuncias y privaciones que implica la vida contemplativa, silencio, oración, penitencia, ayuno, vigilias. Esto explica el morir cada día a uno mismo, condición puesta por nuestro Señor para todo aquel que quiera ser su discípulo. “El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue la cruz cada día y después venga y me siga”. Como vemos la renuncia a todo lo que impida el seguimiento de Cristo, está al inicio de toda vocación. Por eso, quien no esté dispuesto a morir a sí mismo, no puede ser discípulo de Cristo, y que ni siquiera intente entrar a nuestros monasterios.
Esta renuncia a todo, sólo puede exigirla Quien nos amó hasta el extremo, tomando la forma de siervo, pasando por uno de tantos, entregándose a la muerte y muerte de Cruz. Experimentamos el amor de Dios que nos amó hasta entregando a su único Hijo, y el amor de Cristo, que nos amó hasta el extremo entregando su vida por nosotros en la Cruz.
Es signo de vocación contemplativa para nuestro Instituto el amor a la Eucaristía, prolongación del misterio de la Encarnación, y a su vez, origen y culmen de toda la actividad apostólica de la Iglesia. De este modo, los monjes del Instituto del Verbo Encarnado, colaboramos en la obra de la Evangelización de la cultura, fin específico de nuestra Familia Religiosa.

P. Pablo Di Césare, Monje del IVE