Nuestro hábito religioso

Anécdota histórica
El 22 de mayo de 1988, solemnidad de Pentecostés, todos los novicios del Noviciado Marcelo Javier Morsella de nuestro Instituto del Verbo Encarnado, en aquel entonces situado en ‘La Nora Chica’, en la zona de Cuadro Nacional de San Rafael, en una finca prestada por el señor Jean Paul Baudry, recibimos la Santa Sotana. La ceremonia se realizó en el Seminario Diocesano, y tanto a nosotros como a los seminaristas diocesanos fue Mons. León Kruk quien bendijo y nos impuso nuestra primera sotana.
Fue un día de gran fiesta, muchos de nuestros familiares vinieron desde lejos para asistir por primera vez a una ceremonia importante en la vida de sus hijos consagrados, o mejor dicho que aspiraban a la consagración. Fue un momento inolvidable, como pienso que lo ha sido para todos los que alguna vez recibimos el santo hábito y para nuestros familiares y amigos.
El día después de la imposición de sotana, si la memoria no me falla –o a lo sumo dos días después, pero no más-, había ido a la ciudad de San Rafael a ver a mis padres quienes se alojaban en la casa de la familia Abud, cerca de la parroquia San Miguel. Almorzamos juntos y después de una breve siesta comencé a regresar. Para llegar a ‘La Nora Chica’ había que hacer unos 15 kilómetros desde la ciudad.
Habitualmente hacíamos ‘a dedo’ dicho trayecto. Para comenzar a hacer dedo había primero que atravesar la parte céntrica de la ciudad, como bien lo saben todos aquellos que hasta el día de hoy lo hacen en esa zona. Así que salude a mis padres y me fui caminando. Mientras iba caminando me vino un extraño pensamiento sobre la importancia de la sotana, era la primera vez que me venía un pensamiento así, no era precisamente duda pero sí el pensar si sería o no importante usarla, o en qué grado sería importante, etc. etc.
Nunca en mi vida había dudado, ni nunca lo hice, de la importancia de la sotana. Es más, desde que éramos chicos decíamos ‘este cura es bueno, usa sotana’ y cosas por el estilo.
Cuando atravesé un poco la ciudad comencé a hacer dedo. Al minuto paró un automóvil, un Citroën 2cv. Le pregunto al señor que conducía para dónde iba, y como me dio a entender que seguía por el mismo camino, me subí. Era un señor de unos cuarenta años, no más.
Cuando subo me pongo a hablarle, le hice un par de preguntas o comentarios… no me dijo una palabra. De todas maneras seguí hablando como para intentar comenzar una conversación… le cuento que estaban mis padres de visita, que estaban muy contentos porque había recibido la sotana, que yo también lo estaba, etc. etc. No se cómo llegue al tema de la familia, a decir verdad, habría que ser mago para descubrir cómo llegue a ese tema. Mientras estaba hablando de la familia, este señor me interrumpe. A todo esto debo decir que el aspecto del mismo era un poco extraño, la barba dejada, cara triste, con ojeras, la mirada perdida, conducía muy despacio. Desde que había subido nada había dicho, ni me había mirado. Prosigo… digo que cuando estaba hablando de la familia, me interrumpe y mirándome fijo, con una mirada muy penetrante me dijo: “¿Le puedo hacer una pregunta?”. ‘Por supuesto’, le contesté. Entonces él agrega: “¿Es lícito matar a alguien?”. Al decir esto, y por el modo como lo dijo me quedé helado. Miro hacia la guantera, o mejor dicho hacia la bandeja del coche, adelante de mis rodillas y veo una cuchilla de unos 20 centímetros de filo. Me quede frío. En un par de segundos pasaron un montón de cosas por mi cabeza. La primera palabra, que dije, y un poco entre dientes fue: ‘¿Cómo?’. A lo que me responde, mirándome de la misma manera que la primera vez: “¿Es lícito matar a alguien?”. Y agregó: “usted ¿qué piensa si viene una persona y de pronto todo lo que uno pensaba que era una familia… y se lo destruye. Le dice que eso no es así… qué hacer con esa persona?” Pensé en tirarme del coche. Según lo que él decía, y por el modo como se expresaba conmigo, llegué a pensar que como le estuve hablando de la familia, quizás había dicho algo que lo había hecho enojar. Traté de recordar si le había dicho algo no correcto o algo en que se hubiese podido sentir herido, pero no encontré nada… no sé, todo hacía pensar que estaba mal de la cabeza, y que quería utilizar la cuchilla con alguien… y hasta ese momento ese alguien parecía yo.
En vez de tirarme, me encomendé a Nuestro Señor y le respondí: “No, no es lícito matar a ninguna persona. Sólo Dios es el Dueño de la vida.” Y le dije: “¿Por qué me pregunta eso?” El hombre cambió completamente de actitud. Empezó a llorar y a contarme que su mujer, a la que él amaba muchísimo, madre de sus cuatro hijos se había ido con otro hombre. Contándome todos los pormenores de la historia, sentimientos, etc.
Cuando llegamos a ‘Sol de Mayo’, a unos 10 kilómetros del noviciado, como este señor seguía por otro camino, le pedí si me podía bajar allí. Paró el coche y seguimos conversando. Le comencé a hablar de sus hijos, que pensase en ellos, que qué ganaban ellos con tener una madre mala y un padre preso, que ellos se darían cuenta tarde o temprano quién obró mal y que por el bien de ellos tenía que soportarlo todo con paciencia siendo el ejemplo bueno para ellos, que de Dios nadie se ríe, que a Él le toca hacer justicia, etc. etc. La conversación la continuamos por un buen rato. Cuando ya lo vi que estaba un poco más tranquilo, lo invité a que cuando quisiese nos visitase y le di un Rosario diciéndole que iba a rezar por él. En ese momento muy agradecido, y como trasformado me dijo: “Sí, padre, tiene razón, no vale la pena. Ve ahí abajo (señalándome la cuchilla, la cual me había hecho temblar por un buen rato), yo iba ahora decidido a matarlos a los dos. Pero no vale la pena, usted tiene razón.” Me baje del coche. Él, en vez de seguir el camino, dio la vuelta y regreso a San Rafael.
Nunca más supe nada de él. Pero en las noticias no apareció ningún crimen pasional esos días… Espero encontrarlo en el Cielo.
Nuestra vocación es hermosísima y a pesar de nuestras miserias, que son muchísimas, Dios se vale de nosotros para hacer ‘Su Obra’, la obra de la salvación de las almas.
Una cosa que pensé en ese momento y que ha sido guía en todos los años de seminario y en los casi 18 de sacerdote. Si ese día yo no hubiese salido con sotana ese señor no se hubiese detenido, y si se hubiese detenido no hubiese preguntado lo que preguntó. Una cosa muy sencilla, pero que indica cómo la Divina Providencia en su Sabiduría Infinita se vale de cosas aparentemente insignificantes, como son los signos, para realizar las cosas que tienen verdadero valor, como es el arribo de la Gracia.
Ese día volví llorando al Noviciado, contentísimo y temblando, Dios a pesar de mis innumerables pecados se había valido de mí para hacer el bien a algunas almas.
Que la Virgen Madre y Nuestro Señor nos concedan a todos nosotros ser grandes santos, ser santos curas misioneros, como por gracia de Dios hemos tenido oportunidad de conocer y querer desde nuestra infancia.

Padre Gabriel Eduardo Romanelli, IVE