Necesidad de la misión

El mensaje de Cristo, necesario para la salvación eterna, pudo limitarse a un solo pueblo, el judío. Pero este particularismo sólo fue provisional en la Antigua Ley; Cristo vino a ensanchar las fronteras hasta los confines de la tierra y hasta la consumación de los siglos. El Testamento de Jesucristo es vigorosamente universalista.

1. EL TESTAMENTO DE JESUCRISTO: Cuando Jesús, a punto de subir al Padre, convoca a los doce y les dice: «Id y predicad a todas las gentes», les abre un horizonte nuevo, rompe las fronteras del nacionalismo judío y pone el sello inconfundible y único de universalidad al Reino que viene a fundar. Y lo promulga como mandato y se lo lega como Testamento.
Desde ese día la Iglesia, continuadora visible y depositaria de la voluntad del que es su Redentor, su Maestro y su Fundador, revestida con los poderes que Él le legó, y animada con los auxilios que El le prometió, con vitalidad siempre renovada por el Espíritu Santo que la asiste, gobierna y bendice, va realizando, a través de los siglos, el testamento de Jesucristo.
2. Expresión de esa realización que durará hasta el último día, son las Misiones. Por eso, «la causa misional, o si se quiere, el universalismo, es la única visión exacta de la Iglesia de Cristo». Jesús ha dicho: «alias oves babeo quae non sunt ex hoc ovile». Ovejas suyas son no sólo los fieles que en El creen y que El con su gracia vivifica, sino también los gentiles, que aún no le conocen, ni han abrazado su ley, ni viven la vida sobrenatural que El nos trajo. Conviene, pues, es su deseo de Redentor, que esas ovejas suyas que están fuera, entren también en el redil de su Iglesia, para que toda la humanidad, sin distinción de razas, ni de lenguas, ni de cultura, sino unidas en una fe, en un culto, en una esperanza y amor, en una obediencia y vida, formen un solo rebaño y un solo redil e Iglesia y reino, bajo el cayado y autoridad y gobierno de un solo Pastor.
Las misiones no son, pues, otra cosa que la realización de este programa; la tendencia secular de la Iglesia a incorporar a todas las gentes en esa unidad de fe y de vida para integrar con ellas el reino de adoradores en la tierra y de bienaventurados en el cielo. Las Misiones no son más que el brote sobrenatural de una vitalidad incontenible y divina. Y los misioneros son los apóstoles que realizan en nombre de la Iglesia y de Cristo esa labor de incorporación, al reino de Dios, de todas las gentes. Son los enviados del Padre de Familias, los enviados de Cristo, sus misioneros. «¿En nombre de quién arrojas los demonios?», preguntaron un día los judíos a Jesús. Si nos preguntan a nosotros quién nos ha enviado, diremos: «El que puede, el que tiene derechos; pero sobre todo, el que tiene amor a todos los hombres, porque son su hechura, su imagen, a quienes quiere salvar y redimir por su fe, su doctrina y su amor, del que nos ha hecho sus mensajeros; en nombre suyo hemos venido; de él somos enviados, misioneros.
3. El misionerismo es la función por la que la Iglesia realiza su vocación de salvadora del hombre. Por él una vida -la vida cristiana- se comunica; Vida que, una vez comunicada, hay que conservar.
El misionerismo es, por lo tanto, nota esencial a la Iglesia que fue fundada como medio único y necesario de salvación. Por eso es nota suya la Catolicidad. Si la Iglesia se limitara a un pueblo o nación, faltaría a su esencia y constitución esencialmente católica; y, por lo tanto, misionera, ecuménica. Esta misión, en realidad, pudiera ser temporal; esto es, hasta tanto que haya incorporado a todos los pueblos, hasta tanto que esté constituida jerárquicamente en todos los países. No repugna el concepto de una Iglesia que, por estar establecida ya en todos los pueblos, ha dejado de ser misionera, aunque no católica. La nota de «católica» nos habla de la esencia misma de su doctrina, de su razón de ser universalista. La nota de «misionera» dice relación a la geografía en que la Iglesia actúa. Diríamos que el misionerismo es «el hacerse» de la Catolicidad.
Porque la vida es de tal naturaleza que, cuando se desarrolla, tiende a comunicarse y a engendrar la vida.
4. El MISIONERISMO, como todas las funciones vitales de la Igle¬sia, no lo puede ejercer sino por sus miembros.
Los miembros encargados de propagar la vida cristiana son constitucionalmente los sacerdotes. Porque el sacerdocio está dotado de aquellos poderes ministeriales que son esenciales a la propagación de la vida. En este sentido el misionerismo coincide con el sacerdocio.
Los pastores de la Iglesia, sal de la tierra, depositarios de los tesoros de la redención, instrumentos vivos del influjo santificador de Cristo, «otros Cristos», en el mundo, son por la exigencia de su divina vocación, los órganos más penetrados por el impulso misionero de Cristo Cabeza, los primeros misioneros. Misioneros y promotores de «misionerismo».

5. Pero la vida subsiste mediante dos leyes vitales: la de la conservación y la de la propagación; es decir, la vida se halla en dos estadios: en estado de conservación y desarrollo en los países ya católicos; y en estadio de propagación en países paganos. El ministerio sacerdotal es esencialmente el mismo, la vida es esencialmente la misma; los sacramentos, los dogmas, la liturgia y el culto son esencialmente los mismos. El hijo del cristiano que es bautizado y el pagano que lo es también, ambos reciben un mismo e idéntico sacramento. Y en el mismo país de misión, muchas veces la vida del misionero se identifica totalmente con la vida de cualquier párroco en país católico. Lo que constituye, pues, el país de misión no es tanto el ministerio cuanto el grado en que se halle establecida la Iglesia jerárquica y la nota de país extranjero a los sacerdotes que ejercen el ministerio sacerdotal. En este sentido algunos llegan a afirmar que todo sacerdote, por serlo, es también misionero. Pero a otros les parece que esta afirmación es injustificada. Y con razón.
La denominación de misionero, y por lo tanto de vocación mi-sionera, dicen los primeros, es una denominación extrínseca a la vida o ministerio sacerdotal; una denominación, por así decirlo, temporal y topográfica y de estrategia. ¿Por qué, pues, hablar de vocación misionera? ¿Por qué ensalzarla sobre la simple vocación sacerdotal y aun religiosa? ¿Por qué hablar de ella como de una gracia singular, de una especie de carisma? ¿Por qué se insiste en que nadie sino el llamado puede ser misionero?

Vamos por partes:
1º – Toda propagación de vida supone una adulteidad y desarrollo perfecto de la vida en el propio individuo. El comunicar, pues, a otros la vida que no tienen, el sentir esos impulsos, el desear trasmitir esa vida sobrenatural supone pujanza de vida sobrenatural. Por eso, el misionero que propaga esa vida, no lo puede hacer, provechosa y adecuadamente, sino es llevando él una vida exuberante. De ella brota el celo de la gloria de Dios, el celo de las almas, el deseo de que Dios sea conocido y honrado, el anhelo de incorporar a la Iglesia los pueblos paganos. El pecador, el tibio en cuanto tal, no siente anhelos misioneros. De ahí que no se puede hablar de la vida misionera sin encomio, sin admiración. Aunque hay también, claro está, una eficacia ministerial compatible con la tibieza y el pecado en el ministro.
2° – Además, la vida misionera, por haber de desarrollarse en país extranjero, supone una serie de sacrificios para los cuales no todos sienten arrestos y voluntad. Para muchos la vida misionera supone un sacrificio mucho mayor que la misma ordenación sacerdotal o la entrada en religión. Cuando es la simple obediencia la que ha decidido la vida misionera, no son raros los casos en que el joven religioso ha partido a tierra de infieles, después de una lucha y agonía que le ha hecho quizá exclamar en humilde oración: «Señor, pase de mí este cáliz.» Este heroísmo, a veces quizá descentrado, pero innegable, es el que coloca en la vocación misionera un nimbo de gloria. De ahí su carácter de «voluntariedad» y de supererogación. Por ser puesto de avanzadas y propio de los que desean hacer «oblaciones de mayor estima y momento», cabe que la gracia con amorosa predilección, invite con especial fuerza al alma a que haga esas oblaciones, como las hace el religioso y aun el sacerdote; y en este sentido se puede hablar también de una invitación, de una elección divina, de una vocación misionera.
4° En la Iglesia de Cristo todo debe estar sometido a las llaves de Pedro, tanto en país católico como en país misional. Todo está sometido a la jerarquía. Por eso es natural que no se pueda actuar la vida misionera, no se pueda ser misionero, sin ser elegido por la Iglesia, sin ser enviado. Pero esta elección, este llamamiento no constituye la esencia del misionerismo, sino la condición de su aplicación. Lo mismo que en el servicio de la Patria o en la guerra, a la que uno da su nombre voluntariamente, es preciso que se someta a los cuadros de mando, a la obediencia, y que sea el Estado Mayor el que localice su acción, el que determine el campo a sus deseos de combatir por la Patria.
5º – Y porque la acción misionera se ha de desarrollar vitalmente a base de los poderes sacerdotales, por eso la vocación misionera se realiza o se actúa, plenamente, sobre el sacerdocio y secundariamente sobre el laicado (como auxiliares del sacerdote). Sólo, pues, en el sacerdote misionero reviste la vocación misionera una categoría más noble que el simple sacerdocio. Cuando la vocación misionera se considera únicamente en el cristiano seglares evidente que, por no incluir el sacerdocio ni la profesión religiosa, no encierra ni su dignidad ni su excelencia.
6° Pero por ser vitalidad, pujanza, plenitud de vida cristiana, y porque el establecer la Iglesia en un país lleva variadísimas exigencias, por eso también los seglares pueden participar del espíritu misionero y participan hoy de hecho.
7° Y porque el misionerismo actúa en países extranjeros y no cristianos, por eso el espíritu y la vida misionera se ha manifestado con prioridad de tiempo y de espacio en el clero regular. Y esto por tres razones: primera, porque su estado de perfección evangélica lleva más fácilmente a la plena vitalidad cristiana, cuya floración completa es el misionero; segunda, por el espíritu de sacrificio que la vida misionera exige y la vida religiosa consolida. Y tercera, porque al no estar el religioso incardinado en diócesis y parroquias, se halla siempre en situación más propicia para ir a cualquier país, secundando ya anhelos personales, ya deseos o mandatos de la Santa Sede.

(Tomado del libro “Si vas a ser misionero” del Padre Juan Carrascal)