Los hermanos coadjutores del IVE

La práctica de los consejos evangélicos impulsa al religioso a la caridad perfecta, y por eso “unen especialmente con la Iglesia y con su misterio a quienes los practican” . Por eso, afirma sabiamente Juan Pablo II, que “a la luz del Concilio Vaticano II se ha tomado conciencia que la profesión de los consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente a la vida y santidad de la Iglesia” .

La vida religiosa “es un don especial de Dios a su Iglesia” . Si nos preguntamos qué significa ese don especial, debemos responder que no constituye un nuevo estado en la Iglesia, sino que se trata del don más perfecto, pues al religioso le corresponde en la Iglesia de un modo privilegiado la caridad, es decir dedicarse “totalmente a Dios como a su amor supremo” y entregarse así “por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo” . Por eso, “como expresión de la santidad de la Iglesia, se debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el mismo modo de vivir de Cristo” , por medio de la profesión de los consejos evangélicos.
Allí se encuentra lo propio y lo más grandioso del don de ser religioso. Los votos y la vida comunitaria -que son la esencia de la vida religiosa- no tienen ningún otro sentido que ser medio y disposición para la caridad perfecta. La consagración y la profesión de los consejos evangélicos “son un particular testimonio de amor”. Hasta tal punto ese es el puesto del religioso en la Iglesia que ella “es consciente de que en el amor que Cristo recibe de las personas consagradas, el amor de todo el Cuerpo se dirige de modo especial y excepcional al Esposo, que a la vez es Cabeza de este Cuerpo” . A los religiosos en la Iglesia les corres-ponde, por razón de su ser, la función de amar a Cristo Esposo y a su Cuerpo. Por eso “movidos por la caridad…viven más y más para Cristo y su Cuerpo que es la Iglesia” .
Es necesario que los religiosos consagren su vida espiritual al provecho de toda la Iglesia. De aquí nace el deber de trabajar según las fuerzas y según la forma de la propia vocación, sea con la oración, sea también con el ministerio apostólico, para que el reino de Cristo se asiente y consolide en las almas y para dilatarlo por todo el mundo. De modo peculiar, es parte de la misión de la vida consagrada “el mantener viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio, en particular del espíritu de las Bienaventuranzas” . “Por lo cual la Iglesia protege y favorece la índole propia de los diversos Institutos religiosos” , contribuyendo de este modo a la misión salvífica de la Iglesia .
Son un don de Dios para la Iglesia; es más, son la Iglesia por ser bautizados y de alguna manera el alma de la Iglesia por su profesión religiosa ordenada totalmente a la caridad; razón por la cual deben sentir con la Iglesia y actuar “siempre con ella, de acuerdo con las enseñanzas y las normas del Magisterio de Pedro y de los Pastores en comunión con él” . “Un aspecto distintivo de esta comunión eclesial (y de este sentire cum Ecclesia) es la adhesión de mente y de corazón al magisterio de los Obispos, que ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez ante el Pueblo de Dios por parte de todas las personas consagradas, especialmente por aquellas comprometidas en la investigación teológica, en la enseñanza, en publicaciones, en la catequesis y en el uso de los medios de comunicación social” .
Si todos los fieles cristianos “están obligados a seguir, por obe¬diencia cristiana, todo aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia” , también los religiosos deben someterse a la jerarquía de la Iglesia y por una razón peculiar, ya que se dedican de un modo especial al servicio de Dios y de toda la Iglesia . Por esto cada religioso en relación a la autoridad suprema de la Iglesia “está obligado a obedecer al Sumo Pontífice como a su Superior Supremo, también en virtud del vínculo sagrado de obediencia” . Debe ser un título de honor de nuestra Familia Religiosa la sumisión a la jerarquía eclesiástica: “Cada uno de los miembros de nuestra Familia Religiosa ‘quieren ser una cosa enteramente del Papa, de los Obispos y de la Iglesia: estropajos, servido¬res e hijos obedientísimos de la Iglesia, de los Obispos y del Papa, en humildad, con fidelidad, con amor sin límites…’ ” .