Lo más grande

Recuerdo que ayer soñaba ser grande y hacer algo grande, no importaba mucho qué pero sabía que mi vida debía tener un significado especial. Y hoy, casi sin poder creerlo, encontré aquello más grande hecho tan pequeño como una hostia que, misteriosamente e indeciblemente, no pierde absolutamente nada de su infinita grandeza: hoy soy sacerdote y sé que no hay nada más grande para el hombre que este extraordinario ministerio.

Hoy, aquellos labios que desde pequeños aprendieron a rezarle al “Tatita Dios” pidiéndole por mi familia para que la cuidara y a la Virgencita para que nos protegiera, pronuncian temblorosos y avergonzados las mismas palabras siempre actuales que pronunciara Nuestro Señor Jesucristo hace 2000 años y con su mismo poder, para instituir el maravilloso sacramento de la Eucaristía; y aquellas traviesas y pequeñas manos de ayer ahora lo sostienen con extrema delicadeza al ser elevado en el altar, para que sea exaltado sobre todo y sobre todos derramando su perdón y convirtiéndome en patena viva capaz de sostenerlo, resguardarlo y entregarlo a los demás. Hoy, con los mismos ojos que jamás se cansaron de mirar aquel extenso, hermoso e inabarcable cielo, se detienen con tranquilidad a contemplar a su mismo Autor escondido en aquellos pequeños e inermes accidentes que aparentan un “trocito de pan” que, de hecho, por sí mismo es suficiente para al mundo entero que agoniza de hambre espiritual.

Hoy, aquellas rodillas que más de una vez se quejaron de algún pequeño golpe o una caída mientras jugaban, olvidándolo muy pronto, se doblan cada día reverentes ante quien los mismos ángeles del cielo se arrodillan, recordándome que inclusive ellas fueron hechas para alabar.

Hoy, aquellos pies que me llevaron por el camino de la vida buscando el rumbo misterioso que con paciencia me aguardaba, me conducen cada día hacia el único lugar de muerte que da vida, hacia el perpetuo Gólgota en que continúa ofreciéndose la Víctima divina agradable al Padre que pide y brinda misericordia con su propia sangre. Ha cambiado el nombre pero jamás su eficacia: ahora se llama altar y en él me permite Dios en cada santa Misa ser uno solo con Su Hijo.

Hoy puedo rezarle a Dios con una entrega mucho más profunda de lo que alguna vez pude haber imaginado y con plena conciencia de que me dirijo al Todopoderoso, uno y trino: al Padre eterno que tiene su trono en el cielo; al Espíritu Santo que mora por la gracia en mi alma; al Hijo-Verbo que se hace presente con toda su grandeza en la santa Eucaristía que por la sola bondad divina se confecciona cada día entre mis manos y que puedo contemplar maravillado y hablarle a solas suspirando poseerlo para siempre su gloria.

Hoy puedo unir mi finitud al Infinito, puedo ser aquel lazo misterioso que media entre en cielo y la tierra, tomando la misericordia de lo alto y derramándola en las almas cada vez que administro los santos sacramentos, porque para eso Dios instituyó el santo sacerdocio, para unir los extremos que el pecado había separado y hacernos partícipes del sacerdocio de Mesías sacerdote.

… Hoy sé que puedo realizar lo más grande que el hombre puede realizar, hoy sé que todas las cosas puedo hacerlas grandes cuando las pongo en la patena sobre el altar. Hoy, sé que Dios nos ha elegido, a los sacerdotes, para realizar las cosas más grandes pese a que somos pequeñísimas creaturas y casi nada ante su divina majestad… hoy, desde la pequeñez de la tierra en medio del universo puedo hacer cosas tan grandes como transformar una sencilla gota de vino en una gota de sangre divina capaz de redimir a la humanidad entera. A Dios no le importaron mis limitaciones, no lo detuvieron mis pecados, no se echó atrás ante mi miseria y no quiso atender mis méritos; Él simplemente me concedió “lo más grande” para manifestar en mi debilidad aquellos misteriosos hilos divinos que comunican y mueven todo el plan de redención de la humanidad… … hoy puedo tocar la eternidad de Dios cada vez que pronuncio la consagración y el mismo Verbo eterno se encarna nuevamente entre mis manos igual como lo hiciera silenciosamente hace 2000 años en las entrañas purísimas de María Virgen …

… hoy soy sacerdote y sé que no hay nada más grande para el hombre que este extraordinario ministerio.

(Escrito por un monje del IVE)