La vocación religiosa

1. Los llamados de Dios
Dentro del plan de Dios, que conduce todas las cosas y especialmente al hombre de modo libre hacia el fin, hay distintos llamados o vocaciones. Tres son los llamados principales, a saber:
– El llamado a ser, a la existencia. Nos es común con todo lo que existe: pájaros, plantas, astros, flores, peces, estrellas, etc. Este llamado es el paso del no-ser al ser.
– El llamado a la santidad, a la vida eterna. Nos es común con todos los hombres, porque Dios…quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Esta llamada es el paso del pecado a la gracia.
– El llamado a un estado de vida, por el cual a unos llama al matrimonio y a unos otros a la vida consagrada. Esta llamada es el paso a una vida de perfección.
2. Es Dios quien llama
Que Dios llama a los hombres a determinada vocación se conoce por innumerables testimonios de la Sagrada Escritura, como ser, la vocación del Pueblo de Dios, la de Abraham, Moisés, Josué, Samuel, David, Jeremías, Isaías, Oseas, etc., y en el Nuevo Testamento con las vocaciones de Jesús, de los primeros discípulos, Leví-Mateo, los doce Apóstoles, el joven rico, San Pablo, de la Virgen María, etc. Él ha dicho: No sois vosotros los que me habéis elegido, sino yo el que os he elegido a vosotros (Jn 15, 16).
“Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y exclusiva… debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos… totalidad… equiparable a un holocausto” .
“Los que sienten en su corazón el deseo de abrazar este estado de perfección y de santidad, pueden creer, sin duda alguna, que tal deseo viene del cielo, porque es demasiado generoso y está muy por encima de los sentimientos de la naturaleza”, decía San Juan Bosco .
“Él llama continuamente a nuevos discípulos, hombres y mujeres, para comunicarles, mediante la efusión del Espíritu (cf. Ro 5, 5), el ágape divino, su modo de amar, apremiándolos a servir a los demás en la entrega humilde de sí mismos, lejos de cualquier cálculo interesado” .
3. ¿Cómo llama Dios?
El llamado de Dios ordinariamente es interior. Es Dios quien desde dentro inspira a las almas el deseo de abrazar un estado tan alto y excelso como es el de la vida consagrada. Podemos reconocer dos pasos.

a. Dios nos hace conocer el bien del estado religioso
Hay quienes dicen que para que haya auténtica vocación es necesario ser llamados directamente por la voz del Señor de modo extraordinario como cuando llamó a Pedro o Andrés, y entonces ahí sí no hay que demorar e ingresar de inmediato. Pero cuando el hombre es llamado sólo interiormente, entonces sí que es necesaria una larga deliberación y el consejo de muchos para conocer si el llamado procede realmente de una inspiración divina.
A estos les decimos con Santo Tomás: “Réplica llena de errores” . El deseo interior y desinteresado de abrazar el estado religioso es auténtico llamado divino, por ser un deseo que supera la naturaleza, y debe ser seguido al instante; hoy como ayer son válidas las palabras de Jesús en la Escritura. El consejo si quieres ser perfecto ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19, 21) lo dirigía Cristo a todos los hombres de cualquier tiempo y lugar: cualquiera que haya dejado casa o hermanos… por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna. Y así todos, aún hoy, deben recibir este consejo como si lo oyesen de los mismos labios del Señor. Y quien por éste se determine puede pensar lícitamente que ha recibido la auténtica vocación religiosa. “Habiendo oído -dice a este propósito San Jerónimo- la sentencia del Salvador si quieres ser perfecto, ve vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y luego ven y sígueme” .
Este consejo que Cristo dio, es un consejo divino para todos. Lo que a vosotros digo a todos lo digo (Mc 13, 37) dijo a la multitud, porque todas las cosas que han sido escritas, para nuestra enseñanza han sido escritas (Ro 15, 4). Es un error pensar que estas cosas sólo tuvieron valor en su época . “Si todas estas cosas se hubiesen predicado sólo para los contemporáneos, nunca se hubiesen escrito. Por eso fueron predicadas para ellos y escritas para nosotros” .
b. Dios nos incita a abrazar ese bien por un llamado interior
El modo ordinario como Dios suscita las vocaciones es interior, por las divinas insinuaciones del Espíritu Santo al alma. Modo que precede a toda palabra externa ya que “el Creador no abre su boca para enseñar al hombre sin haberle hablado antes por la unción del Espíritu” . Por tanto el llamado interior es auténtico llamado de Dios y debe ser obedecido al instante, como si lo oyéramos de la voz del Señor.
Es característico del llamado divino, impulsar a los hombres a cosas más altas. Por eso nunca el deseo de vida religiosa, al ser tan excelso y elevado, puede provenir del demonio o de la carne.
Los que desconfiando irracionalmente del llamado divino alejan una vocación, deben cuidarse como si se tratase de un gran crimen, pues apartan a un alma del consejo divino; estos tales deben hacerse eco de la advertencia de San Pablo No apaguéis el Espíritu (1 Tes 5, 19): “Si el Espíritu Santo quiere revelar algo a alguno en cualquier momento, no impidáis a ese tal hacer lo que siente” . Por consiguiente cuando un hombre es impulsado por inspiración del Espíritu Santo a entrar en religión, no se lo debe detener, sino que al instante se lo debe alentar y acompañar para que concrete ese impulso. Es totalmente censurable y deplorable la conducta de quienes retardan una vocación interior, esos tales resisten al Espíritu Santo, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo (Hch 7, 5).
4. Características de la respuesta al llamado
Las principales son tres: Con prontitud, Con generosidad y, Con heroísmo.
a. Con prontitud es decir, ejecutando con rapidez lo que Dios quiere, no aplazando la ejecución, “los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo” . Hay que responder sin dilación. Ya enseña la sabiduría popular “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Como dice José María Pemán en el Divino Impaciente:

“Las grandes resoluciones,
para su mejor acierto,
hay que tomarlas al paso
y hay que cumplirlas al vuelo…

Soy más amigo del viento,
señora, que de la brisa,
y hay que hacer el bien de prisa,
que el mal no pierde un momento”.

La ocasión es como el fierro hay que machacar en caliente.
Los santos respondieron con prontitud. Tal el caso de Abraham , tal el caso de Samuel: Habla Señor que tu siervo escucha (1 Sam 3, 10). En San Mateo se lee que Pedro y Andrés, no bien fueron llamados por el Señor al instante dejando las redes le siguieron (4, 29). En su alabanza dice San Juan Crisóstomo: “Estaban en pleno trabajo; pero al oír al que les mandaba, no se demoraron, no dijeron: Volvamos a casa y consultémoslo con nuestros amigos, sino que dejando todo lo siguieron… Cristo quiere de nosotros una obediencia semejante, de modo que no nos demoremos un instante”; con prontitud como Santiago y Juan que dejando al instante las redes y a su padre en la barca fueron tras Él; como San Mateo que al escuchar el llamado del Señor se levantó y le siguió (9,9); como San Pablo, instantáneamente… al instante, sin pedir consejo a hombre alguno (Ga 1, 17); como la Santísima Virgen al conocer la voluntad de Dios: Hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 38), dirigiéndose rápidamente (Lc 1, 39) a casa de Isabel.
En el tema de la vocación hay que seguir el consejo de San Jerónimo “te ruego que te des prisa, antes bien cortes que desates la cuerda que detiene la nave en la playa” .
b. Con generosidad, es decir, con perfección dejadas todas las cosas (Lc 5, 11). Y dejadas con decisión: Ninguno que, después de haber puesto la mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el Reino de Dios (Lc 9, 62).
Algunos dicen querer servir al Señor, pero ponen condiciones: Señor, permíteme que antes vaya a dar sepultura a mi padre. Más Jesús le respondió: Sígueme tú, y deja que los muertos entierren a sus muertos (Mt 8, 21-22).
Dios quiere la entrega total. Quiere nuestro corazón irrestricto e indiviso.
c. El heroísmo es la disposición de los que desean de verdad seguir a Cristo, de modo tal que, como dice San Pablo, desean morir para estar con Cristo , y como dice Santo Tomás: “no se echan atrás delante de las empresas difíciles, pero que conducen a la gloria de Dios y salvación de las almas”.
5. Dudas sobre la vocación
El mismo Don Bosco advertía que “el que se consagra a Dios con los santos votos hace uno de los ofrecimientos más preciosos y agradables a su divina majestad. Pero el enemigo de nuestra alma, comprendiendo que por este medio uno se emancipa de su dominio, suele turbar su mente con mil engaños para hacerle retroceder y arrojarle de nuevo a las sendas tortuosas del mundo. El principal de estos engaños consiste en suscitarle dudas sobre la vocación, a las cuales sigue el desaliento, la tibieza y, a menudo, la vuelta al mundo, que tantas veces había reconocido traidor y que, por amor a Jesucristo había abandonado” .
El diablo sabe que un alma entregada por entero a Dios es un alma perdida para él, por eso intentará por todos los medios inquietarla con dudas para apartarla del camino del cielo.
El alma que en conciencia delante de Dios decidió de modo indubitable su vocación, debe saber que toda tentación posterior necesariamente es del demonio. “Si, por acaso, amadísimos hijos, -continúa San Juan Bosco- os asaltare esta peligrosa tentación respondeos inmediatamente a vosotros mismos que, cuando entrasteis en la congregación, Dios os había concedido la gracia inestimable de la vocación, y que si ésta os parece ahora dudosa, es porque sois víctimas de una tentación, a la que disteis motivo, y que debéis despreciar y combatir como una verdadera insinuación diabólica. Suele la mente agitada decir al que duda: Tú podrías obrar mejor en otra parte. Responded vosotros al instante con las palabras de San Pablo: Cada uno en la vocación a que fue llamado, en ella permanezca (1 Cor 7, 20). El mismo Apóstol encarece la conveniencia de continuar firmes en la vocación a que cada uno fue llamado: Y así os ruego que andéis como conviene en la vocación a que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia (Ef 4, 1-2). Si permanecéis en vuestro instituto y observáis exactamente las reglas, estáis seguros de vuestra salvación”.
Es evidente que considerando las cosas objetivamente no hay lugar a tanta duda tratándose -conocida la vocación divina- de la elección de lo más perfecto. Así dice Don Bosco que “hablando con jóvenes, no encuentro otra perla más que el conocer la propia vocación, máxime si son llamados al altar. Sí, la vocación al estado eclesiástico es perla tan preciosa que me parece que no se puede encontrar otra que se pueda comparar con ella” . Son tantos los bienes de esta vida que dice San Pedro Julián Eymard: “si de momento se supiera lo que es la vida religiosa, por asalto tomarían los conventos y nadie quedaría en el siglo” .
Y decía con palabras fuertes San Juan Bosco: “¡Desgraciado del que esconde las dudas de su vocación o toma la resolución de salir de la sociedad sin haberse antes aconsejado muy mucho y sin el parecer del que dirige su alma! El que tal hiciere, pondría en gran peligro su eterna salvación” .