La vocación misionera

¿Qué es la vocación apostólica o misionera? 

Es el acto de providencia sobrenatural por el que Dios elige a algunos y les confiere las dotes convenientes para llevar la fe a los países no cristianos. Nuestro Señor Jesucristo aplicó, comenzando por los Apóstoles, y continúa aplicando en el tiempo los decretos eternos de Dios. Él transmite en todo tiempo a algunos hombres su misma misión: Como el Padre me ha enviado, así os envío yo (Jn 20, 21). La Iglesia recoge estas palabras y, a su vez, confirma esta divina misión. Todos los misioneros obran en nombre de la Iglesia.

Es ésta una vocación de cuantos, sacerdotes o religiosos, aman mucho al Señor y ansían que se le conozca, dispuestos a cualquier sacrificio con tal de conseguir este noble fin. No se requiere nada más. Todos los santos desearon siempre ir a las misiones: san Francisco de Asís, san Romualdo, santa Teresa, santa M. Magdalena de Pazzi y, últimamente, santa Teresa del Niño Jesús, proclamada por la Iglesia patrona de todas las misiones. En nuestros días, hasta los trapenses y las monjas trapenses están en las misiones.
Y en verdad, ¿qué diferencia hay entre predicar el Evangelio en nuestros países o anunciarlo a los no cristianos? ¿No es la misma vocación? ¿No es éste un estricto deber de todos los sacerdotes? Todo sacerdote es misionero por su propia naturaleza; la vocación eclesiástica y la misionera no se distinguen esencialmente; no se requiere, repito, más que un grande amor a Dios y celo por las almas. No todos podrán realizar el deseo de ir a las misiones, pero tal deseo debería serlo de todos los sacerdotes. El apostolado entre los no cristianos es, a este respecto, el grado superlativo del sacerdocio.
Si se trata de un religioso no sacerdote, cuando es de vida activa, especialmente si ésta se desarrolla en países no cristianos, también él es un verdadero misionero. Tal es el caso de nuestros hermanos.
Inquieta tal vez en alguna ocasión a los alumnos la duda de no ser llamados al apostolado. Pena angustiosa que hizo perecer la vocación de muchos o al menos enfrió el fervor para prepararse bien al apostolado. ¿Tenéis vosotros esta vocación? Respondo que no es necesario haber tenido signos extraordinarios, ni hay que pretenderlos. Aunque viniese un ángel del cielo podríamos dudar que se trata de una ilusión. Basta haber tenido algún signo especial, que tal vez pareció casual y Dios lo ordenaba, en cambio, a la santa vocación: la lectura de un periódico o libro misionero, un sermón sobre las misiones, el ejemplo de un compañero, la palabra del párroco o del confesor, acaso determinadas circunstancias de la familia, etc. Bastan estos signos. Son el camino ordinario de que se sirve Dios para despertar la vocación misionera en quien es elegido.

(Tomado del libro “La vida espiritual según las conversaciones ascéticas del siervo de Dios José Allamano” del Padre Lorenzo Sales)