La vida monástica

Jesucristo dijo a sus discípulos: Orad siempre sin desfallecer (Lc 18,1b) y San Pablo exhortó: Orad constantemente (1Tes 5,17). Esto vale para cada cristiano, pero como no es posible llevar una vida incesante de oración en medio de las ocupaciones del mundo, y como somos un Cuerpo, hay algunos miembros, los religiosos, cuyo primer y principal deber es la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración.

De entre los religiosos, y en el Cuerpo Místico de Cristo, los monjes se dedican exclusivamente a cumplir este mandato del Señor, y podría decirse que ocupan toda su vida en este divino oficio. Ellos son como lámparas votivas, como cirios encendidos que arden y se consumen a los pies del Sagrario, y velan en lugar de los otros miembros de la Iglesia que, teniendo otras misiones y encargos del Señor, no pueden dedicar todo su tiempo a la adoración; y también adoran por aquellos hombres y mujeres que viven en el mundo como si Dios no existiera y como si este mundo fuera definitivo. Por eso, los monjes reciben el elogio de Cristo a María de Betania: eligió la mejor parte, que no le será quitada (Lc. 10,42), y no le será quitada porque la vida del Cielo será una incesante contemplación y alabanza divinas.

La actividad más importante de un monje, es pues, la oración, especialmente por el canto de las alabanzas de Dios en el Coro, al que acude siete veces al día, al llamado de la campana, que es la voz de Dios. Como decía el Rey David, que fue poeta y cantor de Dios: siete veces al día te alabo (Sal 118, 164). Venid, adoremos al Señor, demos vítores a la roca que nos salva (Sal 94), canta el monje cuando aún no ha rayado el alba: Me adelanto a la aurora y pido auxilio, en tu palabra espero (118, 147).

Y en este entonar las alabanzas del Creador, el monje se une a la voz de las creaturas, las celestes y las terrestres, y así eleva su canto. San Rafael Arnáiz lo describe hermosamente: “A la hora de vísperas, no se percibían en el Monasterio más que dos cosas, el viento al correr por la llanura, y el canto de la salmodia; la naturaleza y los hombres tributaban a Dios sus alabanzas; el viento acariciaba al Monasterio, resbalando sobre las campanas, y los monjes en el Coro acariciaban con los salmos a Jesús en el Sagrario”.

Unida a la oración, especialmente al sacrificio de alabanza, está el sacrificio y la penitencia que realiza el monje, en reparación por sus propios pecados y los de los hombres, pues, si se asemejan a los ángeles en el Coro, fuera de él son bien humanos y por eso necesitan purificarse, como lo han hecho todos los santos: “El monasterio va a ser para mí dos cosas –escribía el Hermano Rafael-; primero, un rincón del mundo donde sin trabas pueda alabar a Dios noche y día; y segundo, un purgatorio aquí en la tierra donde pueda purificarme…”.

Y esta alabanza y esta purificación, las realiza el monje como a escondidas, solo para el que ve en lo secreto (Mt 6, 6), viviendo una vida oculta, con Cristo en Dios (Col 3, 3). Por eso agregaba el santo trapense: “donde pueda purificarme, perfeccionarme y llegar a ser santo (…) delante de Dios y no de los hombres; una santidad que se desarrolle en el silencio, y que solamente Dios la sepa y ni aun yo mismo me dé cuenta, pues entonces ya no sería verdadera santidad…”. Y en esto imita el monje los treinta años de la vida escondida de Jesús y María en Nazareth, sólo que Jesús era el Santísimo y María “la llena de gracia”, y no necesitaban purificarse, pero su santidad permaneció oculta a los hombres hasta el tiempo de su manifestación.

Paradójicamente, aunque los monjes se olvidan del mundo para acordarse totalmente de Dios, esto no les impide de ninguna manera olvidarse de sus hermanos que viven en el mundo, por quienes tienen el deber de orar especialmente: los monjes, por el contrario, están presentes, de una manera más profunda en las entrañas de Cristo ya que todos somos una cosa en Cristo (cf. 1 Cor 10,17; Jn 17,20-22). Y en la misma oración se unen a sus seres más queridos, como lo hacía con sus padres el mismo Hermano Rafael cuando rezaba el santo Rosario: “Ahora yo lo rezo solo –le escribía a su padre- pero siempre lo hago como si estuviera con vosotros, y yo creo que la Virgen recibe las oraciones vuestras y las mías al mismo tiempo, aunque sean en distintas horas…”.

La vida contemplativa requiere de mucho recogimiento y silencio, sobre todo interior, para recibir las mociones de Dios que habla al corazón. Como bien decía el P. Segundo Llorente, gran misionero jesuita y, al mismo tiempo, gran contemplativo y amante del silencio y la soledad: “cuando Dios quiere comunicarse a fondo con un alma, lo primero que hace es inspirarle amor al silencio y recogimiento”. Como se lo inspiró a la Santísima Virgen, modelo de toda vida contemplativa, con quien tanto comunicó, que se hizo carne en sus purísimas entrañas.

P. Jon de Arza Blanco, Monje del IVE