El silencio monástico

En las inmediaciones de los hospitales solemos encontrar unos carteles con la inscripción “El silencio es salud”, pues el ruido afecta a los enfermos, pero podemos decir también que “el silencio es salud” en sentido espiritual, salud del alma, porque el Espíritu Santo nos dice las cosas más importantes como susurrando y se requiere de silencio para escucharlo.

El silencio es una necesidad de toda alma, pues, finalmente, toda alma es contemplativa, está llamada a la contemplación de Dios. Para el alma contemplativa, el silencio manifiesta de la manera más profunda que en presencia de Dios no hay nada más que decir. Él existe. Eso basta. La Virgen no decía nada en presencia de Dios y de los ángeles.

Silencio y oración van de la mano: el silencio deberá llevar a la cumbre de la oración, y el permanecer en la oración hará del monje un amante del silencio: “Usad mucho el callar con la boca hablando con hombres, y hablad mucho en la oración en vuestro corazón con Dios, del cual nos ha de venir todo el bien”, escribe San Juan de Ávila.

En una de sus primeras visitas al monasterio del cual formaría parte, el futuro hermano Rafael, pudo constatar, mirando desde la ventana de su habitación que “en el mundo, debido a que todos hablan a la vez, nadie se entiende, y solamente se oye el ruido de un motor; y en cambio, aquí nadie habla y ¡se entienden tan bien! Pero la explicación es muy clara: los primeros hablan con el mundo a gritos, y los segundos hablan en silencio a Dios”.

Además de la mayor facilidad para el recogimiento y la mejor disposición para la oración y el recibimiento de las inspiraciones divinas, la práctica del silencio tiene otros frutos, el primero de los cuales es la misma penitencia, pues no es fácil mortificar la lengua para guardar silencio, sobre todo cuando uno tiene ganas de saltar de alegría o quiere desahogar sus penas, comunicando con otros; pero con el tiempo, cuando ya se ha logrado el hábito, el silencio mismo se vuelve un refugio para el monje, pues, como escribe San Rafael Arnáiz, el silencio “es el recreo del que está más alegre, y hace la felicidad del enamorado de Dios. En el silencio es donde el monje encuentra el bálsamo de sus dolores, y de sus algunas veces, desolaciones… En el silencio monacal, es donde el alma que goza de Dios esconde sus delicias…en el silencio se ama mejor a Dios, con el silencio el sufrimiento es más eficaz… En el silencio es donde muchas veces se encuentra el consuelo que no pueden dar las criaturas”: es, entonces, penitencia, que se vuelve gozosa.

El segundo fruto será evitar el pecado, como lo demuestra la Sagrada Escritura: en las muchas palabras no faltará pecado (Prov 10,19) y, en otra parte: muerte y vida están en poder de la lengua (Prov 18,21); y la Tradición de los Padres del desierto: “Muchas veces me he arrepentido de haber hablado, pero jamás de haber callado”. Si pensamos que seremos juzgados hasta de las palabras necias que pronunciemos, el hablar poco reducirá notablemente esta posibilidad. Claro que el silencio es un medio y no un fin en sí mismo, y la caridad puede exigir el romperlo cuando sea oportuno, como se decía a propósito del retiro. Pero el que está habituado a callar, será más medido en el hablar y estará más acostumbrado a hablar de Dios, pues de la abundancia del corazón habla la boca.

Como contrapartida, al no hablar más que lo necesario, el monje que ya ha logrado el dominio sustancial de la lengua, deberá estar más atento a luchar contra los malos pensamientos que puedan asaltarle, sobre todo, los juicios contra la caridad fraterna, ya que el otro no puede hacer oír su voz para excusarse o dar razones de lo que hace; por eso, el monje deberá centrarse más bien en lo que a él le toca y salvar siempre en cuanto pueda las actitudes del prójimo.

En fin, el silencio se interrumpe para prestarle la voz a la Esposa de Cristo, la Iglesia, en el canto fervoroso de la salmodia. Lo que nunca se debe interrumpir es ese canto, “unas veces dando gritos, otras veces en silencio, pero el canto es el mismo” (S. Rafael Arnáiz).

P. Jon de Arza Blanco

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El monje ha abrazado la vida contemplativa para tratar a solas con Dios en el silencio. El silencio es una necesidad del alma contemplativa, que manifiesta la manera más profunda que en presencia de Dios no hay nada más que decir. Él existe. Eso basta. Según San Gregorio de Nacianzo “el silencio es una de las formas más útiles de templanza, uno de los medios más eficaces para regular los movimientos del corazón, la mejor salvaguardia del tesoro del alma, es decir, Dios y su Verbo, que exigen una habitación digna y recogida”.
El silencio en el monasterio
En todos los monasterios del IVE se guarda el silencio en sus dos modalidades: interior y exterior, teniendo en cuenta las sabias enseñanzas de la Madre Iglesia: “un silencio que fuese solamente ausencia de ruidos y palabras, en el cual no pudiera templarse el alma, estaría evidentemente privado de todo valor espiritual… La búsqueda de la intimidad con Dios lleva consigo la necesidad verdaderamente vital de un silencio de todo el ser”. De este modo, el silencio exterior del monje sólo será fecundo cuando proceda del silencio interior, y a su vez éste será condición de aquél.
El silencio interior
El silencio interior consiste en hacer callar en el alma a toda criatura que quiera quitar la atención de Dios. Porque “el alma que presto advierte en hablar y tratar, muy poco advertida está en Dios; porque cuando lo está, luego con fuerza la tiran de dentro a callar y huir de toda conversación, porque más quiere Dios que el alma se goce con Él que con otra alguna criatura por más aventajada que sea y por más al caso que le haga”.
El silencio debe llevar a la cumbre de la oración, y el permanecer en la oración hará del monje un amante del silencio: “Usad mucho el callar con la boca hablando con hombres, y hablad mucho en la oración en vuestro corazón con Dios, del cual nos ha de venir todo el bien”.
Uno de los trabajos más arduos del monje debe ser la lucha ascética por adquirir el silencio interior, lo que supone la purificación asidua de los sentidos internos y de los pensamientos, para que Dios, con su presencia y su voluntad domine todo su ser.
El silencio exterior
El silencio exterior debe guardarse con estricta observancia.
El primer fruto del silencio es la penitencia, pues es difícil no hablar cuando hay oportunidad para ello.
El segundo es evitar el pecado, como lo demuestra la Sagrada Escritura: En las muchas palabras no faltará pecado (Prov 10,19) y en otra parte: Muerte y vida están en poder de la lengua (Prov 18,21); y la Tradición de los Padres del desierto: “Muchas veces me he arrepentido de haber hablado, pero jamás de haber callado”.
Sin embargo debe tenerse en cuenta que el silencio en la vida contemplativa con toda su grandeza no deja de ser un medio para la unión con Dios. Por lo tanto aprenda el monje a dejar el silencio con alegría y sencillez cuando la caridad o el bien común lo exigieren.

(Tomado de la Regla monástica del IVE)