El seminario Menor

La Iglesia siempre ha velado por las vocaciones. Ha rezado pidiéndolas, las ha fomentado y ayudado a discernir y a fortalecer.

Consciente de que el llamado de Dios es gratuito y que depende de su libérrima voluntad, sabe que pueden despertarse en cualquier tiempo de la vida. Existen vocaciones adultas, tardías, pero también tempranas. “Como demuestra una larga experiencia, la vocación sacerdotal tiene con frecuencia, un primer momento de manifestación en los años de la preadolescencia o en los primerísimos años de la juventud… incluso en quienes deciden su ingreso en el Seminario más adelante no es raro constatar la presencia de la llamada de Dios en períodos muy anteriores”[1]. “Esta vocación se manifiesta en diversos períodos de la vida del hombre y con diversa motivación; se manifiesta en la juventud, en la edad madura y en los niños, entre los cuales no es raro que se dé a modo de un cierto ‘germen’, unido a una peculiar piedad, a un ardiente amor a Dios y al prójimo y a una inclinación al apostolado”[2]. El Papa Juan Pablo II afirma que el “sígueme” de Cristo “se hace sentir la mayoría de las veces ya en la época de la juventud, y, a veces, se advierte incluso en la niñez”[3]. En la Carta a los niños decía: “… el hombre alaba al Señor siguiendo la llamada de su propia vocación. Dios llama a cada hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño: llama a vivir en el matrimonio o a ser sacerdote; llama a la vida consagrada o tal vez al trabajo en las misiones… ¿Quién sabe? Rezad, queridos muchachos y muchachas, para descubrir cuál es vuestra vocación y para después seguirla generosamente”[4].

Es también la doctrina de los santos. Así, por ejemplo, San Juan Bosco, dirigiéndose a los salesianos, decía: “Pero lo que mayormente os recomiendo son los jovencitos de buena índole, amantes de las prácticas de piedad, y que dejan entrever alguna esperanza de ser llamados al estado eclesiástico. Sí, interesaos vivamente por estas esperanzas de la Iglesia, haced lo posible, y diría lo imposible, para cultivar en estos tiernos corazones y hacer germinar el precioso germen de la vocación; dirigidlos a algún lugar donde puedan realizar sus estudios, y si son pobres ayudadlos también con los medios que la Divina Providencia os ha puesto en las manos, y que vuestra piedad y el amor de las almas os sabrán sugerir. Afortunados de vosotros si lográis proporcionar algún sacerdote a la Iglesia en estos tiempos en que de tal manera escasean los sagrados ministros…”[5].

Precisamente los seminarios menores han sido “erigidos para cultivar los gérmenes de vocación”[6]. “El fin propio del Seminario Menor es ayudar a los adolescentes que parecen poseer gérmenes de vocación a que la disciernan más fácilmente y puedan responder a ella”[7]. Así lo sostenía el Papa Juan Pablo II: “en tiempos recientes la crisis vocacional provocó también que los Seminarios Menores desaparecieran o sufrieran transformaciones en algunas diócesis. Donde sea posible habría que replantearse la presencia de los mismos, tan recomendados por el Concilio Vaticano II, pues ayudan al discernimiento vocacional de los adolescentes y jóvenes, proporcionándoles a la vez una formación integral y coherente, basada en la intimidad con Cristo. De este modo, los que  sean llamados se disponen a responder con gozo y generosidad al don de la vocación”[8].

Vemos que se trata de “gérmenes de vocación”. El germen, el brote en una planta, todavía no está del todo definido; está despertando, es débil y sujeto a muchos avatares que le pueden impedir el crecimiento. Sucede algo análogo con la vocación en los más pequeños. El Seminario Menor ayudará a definirla, a precisarla, pero sobretodo a protegerla y ofrecerle un ambiente propicio para que se desarrolle.

En ocasiones ha habido cierta resistencia para aceptar la misión del Seminario Menor. Puntualicemos algunas objeciones más frecuentes. A veces se dice que “no es natural separar a un niño de su familia”. En el caso de la separación para consagrarse a Dios, ésta es sobrenatural, superando la dificultad para desatarse de los lazos carnales. Sólo en la fe se puede “entender” el misterio del  llamado de Dios. Pero de ningún modo es algo “anti-natural”. Y esto por dos motivos: 1º porque el Seminario Menor no corta los lazos con la familia, al contrario, los robustece, los promueve y los ordena. De hecho los seminaristas visitan periódicamente a sus familias y, éstas, a su vez, saben que pueden considerar el Seminario Menor como su propia casa. 2º Porque, contra lo que algunos suponen, al niño no se le hace un vacío afectivo, ya que el Seminario Menor debe desenvolverse en un afectuoso y alegre clima de familia: el seminarista aprende a amar a sus compañeros como verdaderos hermanos y a sus Superiores como verdaderos padres.

También se escucha decir: “El Seminario Menor termina presionando al niño a abrazar la vida consagrada”. En realidad, la entrada al Seminario Menor no implica para el niño una decisión definitiva. Él cursa sus estudios secundarios en la mayor libertad. Si después de un tiempo —o tal vez al término de sus estudios—, descubre no tener vocación, no habrá perdido nada; al contrario, habrá conseguido una formación intelectual y espiritual que muy difícilmente podría haber alcanzado en otro ambiente.

El joven, lejos de ser “aprisionado” en la vocación religiosa, adquiere una libertad que no tendría en el mundo. Puede ver con mayor objetividad las cosas y discernir su vocación a la luz de motivos sobrenaturales. El Seminario Menor posibilita que “al concluir sus estudios…, el candidato «teniendo conciencia clara del llamamiento divino, haya alcanzado una tal madurez espiritual y humana que le permita tomar la decisión de responder a dicho llamamiento con la responsabilidad y la libertad suficientes»[9][10].

Otra objeción que se presenta dice: “¿Qué puede saber, un niño de esa edad, sobre la vida?”. Debemos decir que lo primario en el discernimiento de la vocación es escuchar la voz de Dios. Y para esto no se requiere haber experimentado todo. Son legión los hombres y mujeres que han vivido y experimentado “todo” y sin embargo se les escurren los años de la vida sin que hayan encontrado el sentido de la vida; buscaron por todas partes, menos en Dios. El resultado es el fracaso. San Juan Evangelista, modelo de nuestros seminaristas menores, no lo experimentó “todo”, pero respondió generosamente y prontamente al Señor que también lo llamaba desde temprana edad y por eso mereció el nombre de “el discípulo amado”; tal apelativo dice Santo Tomás “nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud”[11].

¿Qué es el Seminario Menor? Ante todo, el Seminario Menor no es un Seminario Mayor. Esto es evidente: el joven o el niño todavía no tiene la capacidad de discernimiento propia de un seminarista mayor. Por este motivo no se requiere en él un discernimiento definitivo de la vocación. Por tanto no puede haber tanta exigencia, ni un régimen de vida tan marcadamente sacerdotal y religioso. Pero tampoco es un simple internado en el que se busca solamente la formación cristiana de los jóvenes.

Hablando positivamente debemos decir que el Seminario Menor es, fundamentalmente, un lugar en donde existe una orientación. Existe una orientación sacerdotal, que lejos de presionar al seminarista le va mostrando la belleza y la grandeza de la vida consagrada. “Consérvense donde existen y foméntense los seminarios menores y otras instituciones semejantes, en los que, con el fin de promover vocaciones, se dé una peculiar formación religiosa, junto con la enseñanza humanística y científica; e incluso es conveniente que el Obispo diocesano, donde lo considere oportuno, provea a la erección de un Seminario Menor o de una institución semejante”[12].

Será propio del Seminario Menor hacer vivir un cálido ambiente de familia. Otra característica de esta Casa ha de ser la alegría juvenil. Y todo esto en una relación de gran confianza con los Superiores. Todos estos elementos son claves para el recto discernimiento vocacional: “(el discernimiento) requiere que existan realmente en el Seminario Menor una confianza familiar con los Superiores y una amistad fraternal entre los alumnos, de manera que formando todos una familia, puedan con más facilidad desarrollar conveniente y adecuadamente su propia naturaleza, de acuerdo con las disposiciones de la divina Providencia”[13].

En cuanto Seminario Menor del Instituto del Verbo Encarnado deberá tener algunas notas distintivas:

  • La espiritualidad se centrará en el misterio del Verbo Encarnado.
  • El fin específico del Instituto de inculturar el Evangelio se buscará especialmente en el estilo de formación espiritual, intelectual y cultural de los seminaristas.
  • El ímpetu misionero, habrá de procurarse en labores apostólicas concretas, en la intención misionera que se pondrá en el estudio, en la oración y ofrecimiento de obras por las misiones.
  • Se caracterizará por la importancia dada a la vida comunitaria y la caridad fraterna.

[1] PDV, 63.

[2] RF, 7.

[3] Juan Pablo II, Carta Apostólica Dilecti Amici, a los jóvenes y a las jóvenes del mundo con ocasión del año internacional de la juventud (31 de marzo de 1985), 8.

[4] Juan Pablo II, Carta a los niños en el año de la Familia (13 de dicembre de 1994).

[5] Juan Bautista Lemoyne, Memorias Biográficas [En adelante: MB], XIV, 133 (las citas de las MB están tomadas del libro de Pedro Ricaldone, Don Bosco Educador, Buenos Aires (1954); y las páginas corresponden a la edición italiana de las MB).

[6] OT, 3.

[7] RF, 11.

[8] Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de las provincias eclesiásticas de Santiago, Burgos y Pamplona en su visita “ad limina”, (29 de setiembre de 1997). La referencia al Concilio Vaticano II es de OT, 3.

[9] RC, 4.

[10] Const, [232].

[11] In Iohannis Evangelium Expositio, c. 21, lect. V, 2.

[12] CIC, c. 234, § 1.

[13] RF, 13.