El llamado divino

(Noviciado Marcelo Javier Morsella, Chile, Sermón del 19 de marzo de 2013)

A todos aquellos que confiando más en Dios que en sus propias fuerzas, le dijeron finalmente que sí, al momento de elegir por su sola misericordia nuestra limitada existencia  para consagrarla toda ella a su servicio.

En este sermón de despedida me dirijo especialmente a ustedes, novicios, que recién comienzan este siempre misterioso camino de nuestra respuesta a Dios, de nuestro “Sí”, al llamado que nos ha hecho para seguirlo como sacerdotes.

Como sabemos, nuestra vocación no comienza aquí, en el noviciado, sino mucho antes. El beato abad Columba Marmion dice que el hombre no es otra cosa que el fruto de un pensamiento divino, que Dios amó y luego creó. Pero este pensamiento divino hecho carne, y hecho hijo por la gracia, además ha sido elegido desde toda la eternidad para participar del sacerdocio del Hijo por naturaleza que es Jesucristo, el Verbo Encarnado.

Nuestra vocación, nuestro llamado, no comenzó en Marzo del 2013 sino en la eternidad de la mente divina.

Así como desde toda la eternidad Cristo fue elegido por Dios para el supremo sacerdocio, de manera semejante Dios sigue eligiendo, en el curso de la historia, a los que tienen el oficio de continuar la obra redentora de Jesús. Antes de que te formaras en el vientre, yo te conocí; antes de que tú salieses del seno materno, te consagré y te designé para profeta de los gentiles (Jer 1,5); “Ese llamado de Dios, perceptible en nuestras almas, es el que nos ha convocado a todo lo que merece llamarse grande en nuestra vida, a todo lo que da sentido a una existencia cuando la vida es en verdad una vida. La vocación al sacerdocio es magnánima por naturaleza.” (San Alberto Hurtado)

Algunas características del llamado divino

Es gratuito: Nadie merece ser sacerdote, ninguno se arroga para sí este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón (Hb 5,4); No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo el que os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto (Jn 15,16). El llamado siempre es de Dios, nace de Dios y culmina en Dios. Pero es el hombre quien libremente puede rechazar la voz divina o escucharla y aceptarla generosamente y esto manifiesta más aun la bondad de Dios que nos quiere hacer partícipes de la obra que nos ha preparado desde siempre.

Si dijimos que sí, y con la ayuda de la gracia tomamos el arado sin mirar atrás, entonces Dios nos colmará de bienes y nuestro ministerio será realmente fecundo.

Es exclusivo: Estamos aquí porque hemos sido “tomados de entre los hombres”, y como “apartados” de ellos pero puestos especialmente en su favor ante Dios; para vivir – como enseñan nuestras constituciones- en el mundo pero sin ser del mundo; y esta es la razón de que el sacerdote, por ser hombre de Dios, aparecerá a menudo como signo de contradicción: seremos perseguidos, seremos calumniados, seremos insultados, seremos humillados, etc.; pero si perseveramos entonces seremos premiados con la eternidad, porque no seremos lo que el mundo quiere,  ya que no queremos convertirnos al mundo sino convertir el mundo para Jesucristo, el Sumo Sacerdote que nos dice para confortarnos desde antes:  en el mundo habéis de tener tribulación, pero tened confianza: yo he vencido al mundo (Jn 16,33). Jesucristo venció y nosotros somos “exclusivos” porque somos sus embajadores.

Es transformativo: el hombre que recibe el orden sacerdotal se convierte en otro Cristo… ¿qué significa esto?; significa que Jesucristo, además de haber asumido la naturaleza humana toda, en el sacerdote de alguna manera asume la persona, cada vez que en el sacrificio del altar obra con todo su poder mediante él, y cada vez que se vale de él también para llegar a las almas mediante esta prolongación de su sacerdocio en nosotros. Porque el sacerdote le presta sus labios para consagrar, consolar, aconsejar, convertir, absolver, bendecir; sus manos para confortar, sus pies para caminar, sus ojos para mirar, etc., y es así que podemos decir más propiamente del sacerdote que es capaz transformarse en otro Cristo, es decir, de asumir su ministerio de mediador entre Dios y los hombres y compartir su misión redentora.

Exige y facilita la santidad: el llamado divino es una vocación santa por naturaleza. El sacerdote vive en gracia, la devuelve a quien la ha perdido y confecciona la fuente mayor de gracia en esta tierra cada vez que consagra la santa Eucaristía. Además es el administrador de la misericordia divina que debe derramar constantemente en las almas encomendadas a su ministerio; es aquel ministro de los sacramentos divinos que dan y aumentan la gracia en los corazones de los hombres, es el hijo predilecto del Padre que lo ha elegido como su representante en la tierra; es el hombre que debe llorar los pecados del mundo entero y ofrecer constantemente sus oraciones por los pecadores; es quien tiene a Dios como su única riqueza y la salvación del mundo como única preocupación. Todos estos dones exigen que viva una vida santa y que santifique con su ejemplo a los demás. Y por otro lado, son tantas las gracias que recibe el sacerdote que si es fiel a su ministerio le es más fácil salvarse que condenarse, lo no quita de ninguna manera las cruces, claro que no, porque debe vivir crucificado con Cristo para fructificar, pero el sólo hecho del trato diario con la Eucaristía, el rezo de la oración de toda la iglesia, su oración personal, su contacto con la miseria del hombre que busca remediar en cada confesión,  su constante lectura de la palabra divina, su gracia de estado, etc.; son medios eficaces de santificación que sólo se arruinan por nuestras propias culpas y si bajamos los brazos.

El llamado divino es eterno, pero nuestra vida sacerdotal sí comienza ahora, comienza con las virtudes que desde ahora tenemos que ir trabajando y adquiriendo, con los defectos que desde ahora tenemos que ir extirpando, con el deseo firme y decidido de ser santos ahora; no mañana, no en el seminario, no cuando llegue la ordenación, sino cada vez que pueda obrar como lo hubiera hecho Cristo en mi lugar, y eso se puede y debe hacer desde que me levanto hasta que me duermo: y cuando participo de la santa Misa, cuando hago adoración, cuando me piden un favor, cuando suena la campana, cuando estoy en clases, cuando hago apostolado, cuando cocino o limpio un baño, etc. En definitiva, cada vez que realizo cualquier acción humana pero revestida de la gracia divina y ofrecida generosamente a Dios para su mayor gloria y lo mejor que me sea posible: en cada una de nuestras acciones debe resonar ese llamado divino que se dejó oír en nuestras almas, ese plan “personal” que Dios tiene para cada uno de nosotros y que durante la preparación a partir  del noviciado se irá mostrando cada vez con mayor claridad, ya que –como decía san Juan Pablo II a un grupo de seminaristas-: “Como consecuencia de esto, os habéis dado cuenta de que ya no os pertenecéis a vosotros mismos, sino a Él. Esta nueva conciencia ha sido el fruto de la ‘mirada amorosa’ de Cristo en el secreto de vuestro corazón. Habéis respondido a esta mirada, escogiendo a Aquel que antes ha elegido a cada uno de vosotros, llamándoos con la inmensidad de su amor redentor”.

En este día de San José, aquel que cumplió santamente lo que Dios le pidió: ser  padre en la tierra de su propio hijo, le pedimos la gracia de ser fieles al llamado divino y cumplir siempre la voluntad de Dios y no la nuestra para dar frutos de salvación y conquistar la mayor cantidad de almas para gloria de Dios.

A Dios sea la gloria.

Jason Jorquera Meneses, Monje I.V.E.